Archivo mensual: diciembre 2012

STEPHEN COVEY, LOS NUEVOS PARADIGMAS Y LA FELICIDAD

Últimamente se suele oír mucho la frase de “algo se está moviendo en nuestro planeta” para referirse a cosas muy diversas, pero las más oídas están siendo aquéllas que hablan de un cambio de paradigma con el que hacer frente a los nuevos retos del siglo XXI. La expresión “cambio de paradigma”fue introducida por Thomas Kuhn en su libro “La estructura de las revoluciones científicas”, donde demuestra que casi todos los descubrimientos significativos en el campo del esfuerzo científico aparecen primero como rupturas con la tradición, con los viejos modos de pensar, con los antiguos paradigmas.

 
Copérnico creó un cambio de paradigma al situar al Sol en el centro y no a la Tierra. El modelo newtoniano de la física supuso otro cambio de paradigma, al igual que el paradigma einsteiniano de la relatividad; también fueron cambios revolucionarios el descubrimiento de los gérmenes, el de la incorporación de la democracia como forma de gobierno, el de la física cuántica y tantos otros cambios que nos van sorprendiendo día a día por lo acelerado de los descubrimientos que se van produciendo en nuestro ya estrenado siglo XXI.
 
Esto no ha hecho más que empezar. Pero los cambios que más deberían notarse, los más necesarios para enfrentarse a los nuevos retos son los que tienen que ver con las personas y sus cambios de paradigmas mentales. La palabra paradigma, que proviene del griego y originalmente era un término científico, en la actualidad se emplea para referirse al modo en que vemos el mundo, al marco de referencia desde el que interpretamos lo que vemos y cuanto nos ocurre, es decir, no tanto en cuanto lo que nuestros sentidos ven, oyen, sienten, etc.,  sino en cuanto lo que percibe nuestro cerebro y cómo lo comprende e interpreta. Ahí es donde radican, a veces, nuestras enormes diferencias. 
 
Ya Stephen Covey nos relata en su prólogo de Julio del 2004 a su libro escrito en 1989 sobre “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”  que si queremos lograr nuestras más altas aspiraciones y superar los mayores retos  debemos “identificar y aplicar el principio o la ley natural que gobierna los resultados que buscamos. La forma concreta de aplicar un principio varía, dependiendo de nuestra propia fuerza, de nuestro talento y de nuestra creatividad, pero, en última instancia, el éxito de cualquier esfuerzo depende siempre de hacer las cosas en armonía con los principios asociados al éxito”. 
 
Y es curioso que esos principios siempre han estado ahí, a nuestro alcance, pero no los hemos querido ver o, la cultura en la que nos hemos visto inmersos, no nos los ha querido mostrar, ocultándolos para tenernos mejor controlados y manipulados. Es curioso cómo hoy en día, por poner un ejemplo,  se puede asociar una determinada aspiración del ser humano de siempre, la de la felicidad, a una bebida refrescante cuyos efectos están más que demostrados que perjudican al ser humano, promoviendo un “Instituto de la felicidad” y buscando a grandes y conocidos expertos a que intervengan hablando sobre la felicidad sin plantearse si están contribuyendo con ello a lanzar una asociación mental entre la bebida X y la felicidad. Y no me valen excusas de que el fin es bueno si con ello seguimos promocionando lo que no lo es. Disculpadme este “alegato”, pues no quiero hacer de este artículo un monográfico de este tema, pero aprovecho para mencionarlo (porque si no reviento…) y, como se suele decir, “a buen entendedor, pocas palabras bastan”.
 
Volviendo sobre la cuestión de los paradigmas y los cambios que en las personas deberían producirse para comprender e interpretar el siglo XXI de forma que podamos avanzar hacia un destino de la humanidad más justo y esperanzador, Stephen Covey establece una clara diferenciación entre la “ética del carácter y la ética de la personalidad”, afirmando que asistimos todavía a una clara predominancia de la segunda frente a la primera. Porque seguimos más preocupados por todo lo que supone adornar nuestra personalidad con aquello que sabemos nos reportará éxito y admiración ante los demás, que por mejorar nuestro carácter y construir los cimientos del mismo para poder hacer frente a todo cuanto la vida nos presente con mayor efectividad.
 
Por eso quiero destacar que deberíamos trabajar más la “ética del carácter”, puesto que ello supondría forjar un carácter mucho más valioso y positivo; fuerte ante las adversidades, firme ante las numerosas tentaciones de la vanidad y el ego, humilde ante los falsos halagos de la sociedad consumista, auténtico frente al falso egoísmo y la soberbia desmedida, bondadoso con los sencillos de mente y corazón, caritativo con los más necesitados, inflexible ante las injusticias y discriminaciones, comprensivo ante la flaqueza humana pero no ante el inmovilismo para salir de la misma, generoso ante los hambrientos de sabiduría, disciplinado para seguir por el camino de la rectitud, perseverante para no abandonar cuando los errores y fracasos se presentan, fiel a los principios y valores en los que apoya su carácter, paciente para esperar sin desesperarse los resultados de su esfuerzo, modestopara restar importancia a sus logros y admitir sus defectos como base para seguir trabajando por mejorar, comedido y prudente para entender que todo lo logrado debe mantenerse con esfuerzo y dedicación si no se quiere perder.
 
Si he dibujado un perfil del hombre del siglo XXI es por pura “causalidad”, es decir, por el resultado de tantas reflexiones de hombres inspirados a lo largo de la humanidad que no hacen otra cosa que reiterarnos que no hay otro camino para llegar a nuestro destino que el de escuchar a las leyes naturales y seguirlas. Esas leyes naturales que nos recuerdan de dónde somos, y a qué venimos a este mundo.
 
Terminaré con las palabras del propio Stephen Covey cuando afirma que “la ética del carácter enseñaba que existen principios básicos para vivir con efectividad, y que las personas sólo pueden experimentar un verdadero éxito y una felicidad duradera cuando aprenden esos principios y los integran en su carácter básico”.
 
¿Será este nuevo paradigma con el que empecemos el próximo año 2013 y los siguientes? Ese es mi deseo y para hacerlo realidad me sigo preparando.
Tomás Contell

 

SÍ, LO SE, PERO NO PUEDO EVITARLO

Seguramente al leer el título nos hemos visto reflejados por las veces que nos lo hemos dicho a nosotros mismos o a los demás en infinidad de ocasiones. Nos lo decimos cuando reaccionamos agresivamente ante comentarios de los demás que nos hacen daño. Cuando no podemos controlarnos ante determinados placeres culinarios a los que no podemos resistirnos a pesar de saber que nos perjudican. Cuando nos ponemos nerviosos ante la presencia de una persona que nos resulta especialmente atractiva o, por el contrario, repulsiva. Cuando tenemos que decir que no a quien sabemos que se aprovecha de nosotros pero no somos capaces de decirle sencillamente “no, lo siento, pero  NO”. Cuando tememos enfrentarnos a lo que nos da miedo y acabamos huyendo por no encontrar la manera de hacerlo. Cuando respondemos con prejuicios y rechazamos a personas porque no son de nuestro agrado o sus ideas no coinciden con las nuestras. Cuando no tenemos la fuerza necesaria para hacer lo que sabemos debemos hacer y nos quedamos paralizados o simplemente no movemos ni un dedo en la dirección adecuada. Cuando…
 
La lista podría hacerse mucho más larga. Pero cada uno de nosotros sabemos en qué ocasiones se nos escapa este comentario y por qué. Puede que conscientemente no sepamos cuál es la causa de que así sea. Pero a poco que analicemos nuestros pensamientos y las razones de por qué surge esa frase, descubriremos lo que hay detrás de ella, descubriremos sus causas. Porque si decimos “lo sé”, es que realmente lo sabemos a un nivel consciente, es decir, somos capaces de analizar qué hay en cada situación que nos empuja a actuar en una determinada dirección o a huir de ella para no enfrentarnos a lo que nos puede hacer más daño.
 
Siempre, en el fondo, lo que buscamos es aquello que nos da placer o nos evita el dolor de una manera inmediata, a corto plazo. Tenemos un mecanismo inconsciente que nos empuja siempre en esa dirección. Lo difícil es tomar conciencia de si lo que pensamos acerca de lo que nos da placer o dolor hasta qué punto es real o nos lo hemos construido nosotros a través de nuestras experiencias, llegando a “creer” que eso es lo real y verdadero y, por tanto, sintiéndonos en la obligación de actuar en una determinada dirección.            
 
No hablo del dolor físico, hablo más bien del sufrimiento que sentimos ante determinadas circunstancias, y eso es psicológico, aunque tenga sus consecuencias en el plano físico. Al igual que determinados placeres, que si bien los sentimos en el plano físico y nos provoca asociaciones mentales placenteras, luego se traducen en sufrimiento por las consecuencias de no haber tenido la fuerza de voluntad de haberlos rechazado sabiendo que los efectos posteriores van a ser perjudiciales para nuestra salud física, mental o espiritual. 
 
Detrás de todo esto siempre aparecen los pensamientos que hemos construido en cada una de las experiencias vividas y, en consecuencia, las creencias que hemos ido forjando a lo largo de nuestra vida que nos empujan a actuar en un sentido u otro. Por eso nos decimos “sí, lo sé, se que son mis creencias, pero esas creencias son mías. ¿Qué sería yo sin mis creencias? Ellas me conforman y me dan mi personalidad, y no voy a renunciar a ellas”.
 
Nadie pretende que las creencias que tengamos las cambiemos. Salvo cuando descubrimos, eso sí,  que las que tenemos no nos ayudan a ser felices. Cuando por pensar que no somos suficientemente valiosos no somos capaces de decir que no a alguien o a algo. Cuando pensar que podemos comer o tomar de todo y a todas horas es signo de que ejercemos nuestra libertad, porque nadie tiene derecho a limitarnos, sin embargo actuando así vamos destruyendo nuestro templo sagrado que es nuestro cuerpo. Cuando pensar que alguien por el mero hecho de ser de otra raza o religión no merece nuestra misma consideración y nos enfrentamos a ellos en una lucha fratricida. Cuando atribuimos a algunas personas un poder sobre nosotros que realmente no tienen, porque no son ni más importantes ni más valiosos que nosotros y dejamos que nos avasallen y humillen. Cuando reaccionamos con soberbia y autoritarismo ante los más débiles porque pensamos que somos superiores, aún sabiendo que en el fondo no somos ni mejores ni peores que los demás, si bien nosotros lo “creemos” así sin más.
 
Siempre son nuestros pensamientos, los derivados de nuestras creencias que hemos construido, los que nos hacen actuar de la forma en que lo hacemos. Por eso no podemos evitarlo, porque nuestras creencias están tan arraigadas en nosotros que “pensamos” que forman ya parte inseparable de nuestro SER. Pero la gran verdad es que no es así. Si fuéramos capaces (que lo somos), de construir nuevas creencias más poderosas, más positivas, más adaptativas para el ser humano, más entroncadas en nuestra verdadera esencia de hijos del Universo, del Dios creador que nos ha dado la posibilidad con nuestro Libre Albedrío de decidir qué “CREER” y qué “CREAR” con nuestros pensamientos, seguro que podríamos decir con firmeza y con todo nuestro poder interior: “SÍ, LO SE, Y PUEDO EVITARLO”.
 
Tomás Contell

 

ALEJANDRO JADAD: LA SALUD Y LA FELICIDAD

 
Recientemente ha aparecido la noticia de que un grupo de 30 expertos bajo la dirección de uno de los científicos considerado hoy en día como uno de los genios más relevantes de la actualidad, Alejandro Jadad, de origen colombiano, se han dedicado a redefinir para la Organización Mundial de la salud (OMS) el concepto de salud que en su día creó. Es el científico colombiano de mayor reconocimiento mundial por su trabajo en ciencias de la información y tecnologías aplicadas en salud. Se graduó de médico y anestesiólogo de la Universidad Javeriana, y a los 27 años fue aceptado como estudiante de posgrado de la prestigiosa Universidad de Oxford, en el Reino Unido. Allí se convirtió en el primer doctor en síntesis del conocimiento de esa institución. Profesor de la Universidad de McMaster (Canadá) y catedrático de la Universidad de Toronto, hoy es conferencista en foros mundiales.
 
Es curioso que, con su apreciado currículum Alejandro Jadad haga suya aquella famosa frase (que se deriva de lo relatado por el filósofo griego Platón sobre Sócrates, cuando afirmaba  “sólo sé que no sé nada”), al decir con sus propias palabras “lo que me hace más feliz es no saber”. Este científico,  que en el 2005 fue escogido por la revista ‘Time’ como uno de los genios que cambiarán al planeta en este siglo, vuelve sobre la gran premisa para descubrir la verdad, que no es otra que “preguntar”.  
 
Parece que fue precisamente una pregunta, “¿Qué es la salud?”, que hizo a un grupo de expertos reunidos en el 2008 durante la celebración de los 60 años de la  OMS  (pregunta simple en apariencia), la que provocó que  este anestesiólogo con doctorado en síntesis del conocimiento y tratamiento del dolor de la Universidad de Oxford tuviera que buscar él mismo la respuesta un año después con la ayuda de 30 expertos en La Haya, creando un nuevo concepto de salud. Simplemente recuerda que “me motivó no saber la respuesta. Luego me dijeron, usted nos metió en este lío, así que usted nos saca de él”.
 
Jadad nació en Cereté (Córdoba) hace 49 años, y es fundador y director del Centre for Global eHealth Innovation, de la Universidad de Toronto (Canadá), una red de más de 3.000 personas en el mundo que apoya proyectos de innovación en los que participan gigantes tipo Disney y Apple, y asesora a gobiernos, como China y Luxemburgo, que quieren cambiar sus sistemas de salud para buscar un mayor bienestar en sus habitantes.
A continuación entresaco algunas de las respuestas más interesantes que dio en una entrevista cuando estuvo en Bogotá para “EL TIEMPO”:
 
¿Por qué cambiar el concepto de salud?
Según la OMS, salud es “el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solo ausencia de enfermedad”. Con esa definición nadie podría ser saludable porque cualquier molestia afecta ese bienestar. Nuestra propuesta es que la salud es la capacidad de las personas o de las comunidades para adaptarse, o para autogestionar los desafíos físicos, mentales o sociales que se les presenten en la vida.
 
Usted habla de cambiar modelos, ¿por qué?
Porque todos los modelos que guiaron nuestras vidas en el siglo XX ya no funcionan, se han vuelto nuestros enemigos: el sistema sanitario nos enferma y nos mata, el educativo nos embrutece y el financiero nos empobrece.
 
¿Y esto qué tiene que ver con la medicina?
Hace mucho que esto dejó de ser un tema de medicina. En nuestra red mundial estamos tratando de crear un futuro mejor, con nuevos modelos de cómo vivir, aprender, trabajar, entretenernos, etc.
 
¿Cree que lo va a lograr?
No, soy un pesimista feliz. Esta es mi estrategia para no frustrarme. No espero que haya cambios. Esto va a ser cada vez peor. Tal vez no tengamos salvación. Pero, como dije, me levanto cada día tratando de probar que estoy equivocado y que sí es posible el cambio. Si no hacemos algo radicalmente distinto, la mejor opción que nos queda para cambiar sería una pandemia, otra peste que elimine a tres cuartas partes de la humanidad.
 
¿Por qué tan trágico?
Primero, nos haría menos soberbios. Segundo, seríamos menos y el impacto en el planeta sería menor, y por lo menos nos daría la oportunidad para sobrevivir un poco más como especie. No hay especie que haya sobrevivido dominante ni para siempre. Creo en la Hipótesis Gaia (James Lovelock), que considera a la Tierra como un superorganismo que se autorregula, en el que nosotros nos hemos convertido en una infección. El calentamiento global es como la fiebre; los terremotos, como escalofríos y los tsunamis, como una gripa. La Tierra se está defendiendo y se va a deshacer de nosotros, si no nos portamos bien.
 
¿Qué podemos hacer?
Entender que está en juego nuestra supervivencia como especie y que los desafíos que enfrentamos necesitan respuestas que trasciendan los nacionalismos o regionalismos triviales. Las tecnologías de la información, en particular las móviles, nos están dando la oportunidad de unir esfuerzos a nivel global para promover altos niveles de bienestar para nosotros y el planeta. Y hay recursos para hacer esto posible. No hay justificación para que más de mil millones de personas en el mundo tengan hambre y no tengan techo, mientras que el consumismo de una minoría amenaza con acabar los recursos finitos que tenemos. Y no son felices.
 
¿Cómo un científico de Oxford termina hablando de este tema?
Porque lo considero el estado más importante al que podemos aspirar los humanos. ¿Qué puede ser más importante que tener la vida más plena y feliz hasta el último suspiro?
 
¿Cómo llegó a la felicidad?
He visto a mucha gente infeliz al final de la vida. Empecé como médico para curar. Luego, me convertí en anestesiólogo para calmar el dolor, pero vi que el dolor y el sufrimiento seguían; entonces me doctoré en tratamiento del dolor. Y, cuando trabajé con desahuciados, descubrí que hay otro dolor más allá del físico.
 
¿Cómo es ese dolor?
Usualmente, es causado por una carga tremenda de remordimientos, de cosas que dejamos sin hacer, de darle poca importancia a lo que es esencial en nuestras vidas y darnos cuenta muy tarde.
 
¿Y estudió científicamente el tema?
Sí. Descubrí gran cantidad de estudios con respecto a lo que nos puede ayudar a lograr niveles óptimos de felicidad. En mis años de formación, nadie me habló de lo que era una buena vida y una buena muerte, o de mi papel para lograrlo. Ahí, decidí que no iba a ser el médico tradicional y que quería aliviar esos dolores.
 
¿Cómo podemos hacerlo nosotros?
Entendiendo que es posible, y una vez tengamos nuestras necesidades básicas satisfechas. Y reconociendo que hay mucho que podemos hacer para aumentar nuestros niveles de felicidad y que, en la mayoría de los casos, no cuesta dinero. Todo parece indicar que el 50 por ciento de nuestros niveles de felicidad son determinados genéticamente; el 10, por lo que la plata puede comprar y el 40 restante, por lo que hacemos y pensamos; en esto último están nuestras oportunidades.
 
¿Esto es científico?
En su mayoría. Casi todo se puede medir. Hay métodos y muchísimos estudios serios. Se puede, incluso, evaluar el nivel de felicidad que tenemos individualmente y, aun, como naciones. Bután comenzó esta tendencia. Ahora, países como Gran Bretaña y Francia están implementándolo para guiar sus decisiones de gobierno.
 
¿Somos más felices ahora?
Las cifras de EE. UU. muestran que en los últimos 60 años los niveles de felicidad no han aumentado, aunque los niveles de ingresos sí. Sorprendentemente, las mujeres parecen estar menos felices en la mayoría de los países más avanzados del mundo, no obstante lo logrado con la igualdad de género.
 
¿Cómo podemos buscar la felicidad?
Preguntándonos qué es lo que más nos hace felices e identificando el verbo que mejor lo representa. En mi caso, lo que más feliz me hace es no saber. Por lo tanto, mi verbo es preguntar. Una vez hayamos definido esto, hay que buscar la mejor manera para conjugarlo tan frecuentemente como sea posible y ayudar a todas las personas a que conjuguen el suyo. Esta tarea, usualmente, no se puede hacer solo: uno necesita ayuda. Me di cuenta de que mi peor enemigo soy yo. Que nadie como yo puede hacerme daño, y por eso creé una junta directiva personal, que incluye a mis hijas, Alia y Tamen, y a mi esposa Martha. Ella me enseñó la importancia de pensar en la máscara de oxígeno.
 
¿Qué máscara?
Yo tenía la manía de complacer a todo el mundo. Mi esposa me decía: “Primero tú”. Nunca entendí. Una vez, en un avión, escuché las recomendaciones de seguridad, esas que hablan de las máscaras de oxígeno. “Colóquese la máscara primero, aun si viene con niños”, y solo ahí la entendí. Preguntarse lo que lo hace a uno más feliz y proteger su verbo es equivalente. Solo si eres feliz puedes ayudar a los demás. ¿Sabes qué es lo que más feliz te hace? ¿Cuál es tu verbo? ¿Tienes puesta tu máscara de oxígeno?
 
“Es claro que lo que se puede contar o medir no es suficiente para entender los aspectos más importantes de nuestras vidas”, dice. Por eso, agrega, le ha tocado estudiar también filosofía, teología, historia y arte.
 
Aprendamos de los mejores, como siempre digo.
 
Tomás Contell

LA FELICIDAD Y EL DINERO

 
Para quienes tenéis todavía dudas acerca de que el dinero no da la felicidad, aunque estemos de acuerdo en que sí ayuda en parte a lograrla, ha aparecido recientemente un estudio realizado  por la consultora australiana Onetest donde se nos aclara que  a partir de una determinada cantidad, tener un salario demasiado alto es malo para la salud, produciendo incluso infelicidad y estrés.
 
Cherie Curtis, psicóloga y directora del estudio afirma que ”el nivel de felicidad de un trabajador disminuye exponencialmente cuando su sueldo anual sobrepasa los 100.000 €, y a más salario mayor es el sentimiento de infelicidad”.  Algunas de las conclusiones más interesantes del estudio se concretan en las siguientes afirmaciones:
  • Generalmente existe una relación directa entre salarios altos y edad.
  • El 86% de los profesionales encuestados afirmaban que en el momento en que sus finanzas estaban en orden y ganaban lo suficiente como para mantener a su familia y pagar los recibos, el dinero empezaba  a perder importancia.
  • Los trabajadores con nóminas no demasiado altas, por debajo de los 60.000 €, tienen mayor grado de bienestar, satisfacción personal y menos emociones negativas.
  • Un sueldo alto compra la satisfacción vital, pero no la felicidad.
  • Los ingresos bajos, por el contrario, se asocian tanto con una baja evaluación vital, como con un limitado bienestar emocional.
Existe otro estudio, elaborado por el Marist Institute for Public Opinion de Estados Unidos, donde también afirman que  todo lo que necesitan los trabajadores para ser felices es un sueldo de 50.000 dólares anuales (unos 38.000 euros). Se ve que con la llegada de la crisis, también se ha rebajado el precio de la felicidad desde los 75.000 dólares (aproximadamente 60.000 euros) que estimaba la Woodrow Wilson School de la Universidad de Princeton hace apenas dos años a la anteriormente mencionada
 
Lo curioso de todos estos datos es compararlos en España con los que nos ofrece la Encuesta Anual de Estructura Salarial del Instituto Nacional de Estadística (INE), donde se  afirma que únicamente el 9,81% de los trabajadores varones, y el 4,77% de las mujeres, presentan unos ingresos superiores, ya que el sueldo medio en España se sitúa en torno a los 22.719 €, mientras que el salario más habitual es de 15.500 €  anuales. De hecho, entre los asalariados, únicamente los altos directivos de multinacionales y los gerentes de pymes superan los ingresos de 38.000 €  sugeridos por el Marist Institute for Public Opinion.
 
Imagino que en España el problema ya no es tanto si la relación entre felicidad y dinero es la misma, sino cómo afectan a nuestra felicidad otros elementos como la política, la corrupción, la falta de valores éticos en algunos empresarios y políticos, los enormes recortes sociales, los problemas con la educación, la sanidad, el paro, etc., etc. Si bien deberíamos tener presente aquí las palabras que Stephen Covey, autor del famoso libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva” cuando dice “que si piensas que el problema está fuera de ti, ese es realmente el problema”.  Porque pensar así nos hará perder el control de nuestros pensamientos y de nuestras acciones y dejaremos en manos de los “otros elementos” que controlen nuestra felicidad.
 
Sería interesante hacer un estudio al respecto en España. Pero hoy lo dejamos aquí, dejando de manifiesto que el dinero y la felicidad no van siempre unidos. 
 
Tomás Contell

“LA FELICIDAD Y EL OBSERVADOR DE LAS ARAÑAS” (III)

 

Nos hemos referido en los dos anteriores artículos al fenómeno de la felicidad visto desde la perspectiva inspiradora que me daba la visión de una fotografía con una  araña y su recién construida telaraña.

En el primer artículo aprendimos de la laboriosidad de la araña para construir su estructura de vida y su tenacidad y perseverancia ante las adversidades que la podían destruir. En el segundo artículo analizábamos qué supone sentirse víctima de una estructura que en ocasiones tejemos nosotros mismos sin darnos cuenta que se puede convertir en nuestra trampa mortal y qué hacer para darnos cuenta de ello y salir cuanto antes de esa situación.
Quiero en este último artículo sobre la Felicidad y las arañas referirme a la posición perceptual que tiene el observador que todo lo ve y analiza cuanto ocurre, viendo el lugar donde se ha instalado la telaraña, los comportamientos de la araña expectante y los de la posible víctima de su trampa, aprendiendo así sobre nuestras actitudes y comportamientos en al vida.
 
Son varias las cosas que ve un observador atento a lo que ocurre. Lo primero el entorno en el que la araña ha decidido poner su estructura de sustento, su telaraña. Y apreciamos si es un lugar adecuado o no, por cuanto puede cumplir bien sus dos objetivos principales: tener su trampa lista todo el tiempo necesario para conseguir su alimento sin que se destruya por haberla puesto en un lugar expuesta a un excesivo viento, lluvia o al paso de animales o personas que se tropiecen con ella y la destruyan. Y, en segundo lugar, si es donde se va a encontrar con más presas adecuadas para su alimento o, por el contrario, pueden ser presas que luego se conviertan en su cazador.
 
En segundo lugar, el observador toma buena nota del tipo de presas que caen en la telaraña y ve si son las adecuadas para la araña y cómo ésta procede a convertirlas en alimento.      
 
En tercer lugar, el observador puede plantearse ante la realidad observada cuestiones como: ¿interviene para favorecer el sustento de la araña? o, ¿ impide que alguna víctima caiga en la trampa y muera? o ¿se dedica a observar qué  víctimas caen y cuáles son sus comportamientos ante la fatalidad?
 
En cuanto al primer caso en el que el observador toma buena nota del entorno, deberíamos convertirnos en observadores externos de nuestra propia vida y reflexionar acerca de nuestro entorno vital, el que hemos construido a lo largo de los años. Cuántas veces nos hemos dicho que no estamos viviendo la vida que nos gustaría o nos sentimos en nuestro entorno como extraños.  En ocasiones construimos nuestra vida sobre la base de elementos que a la mínima ocasión se desmoronan y nos obligan a trabajar de nuevo para recomponer nuestra existencia. Cualquier cosa puede surgir en un entorno turbulento, inapropiado o imprevisto: un accidente con secuelas graves para la salud, o la muerte de un ser querido, o un matrimonio roto, o una familia desestructurada, o unos hijos maltratados, o un tsunami económico que se lleva por delante nuestra economía, o un terremoto financiero que nos impide conseguir dinero para nuestros proyectos, o una tempestad inmobiliaria donde nos deja sin hogar, o un negocio con socios fraudulentos que nos engañan y roban, o una empresa socialmente irresponsable que no respeta al medio ambiente ni cuida de sus empleados, … 
 
Todo puede suceder y afectarnos cuando menos lo esperemos, y hacer que nuestro entorno flaquee y se destruya al no haberlo asentado en bases firmes y duraderas. ¿Qué hacer ante situaciones como las anteriores? ¿Haremos como las arañas y, sin pérdida de tiempo nos pondremos manos a la obra para recomponer nuestra estructura de vida, pero eso sí, aprendiendo de nuestros errores? 
Respecto del segundo punto de observación, podemos plantearnos si hemos elegido bien nuestros objetivos, si son concretos y tangibles, si han sido cuidadosa y laboriosamente pensados para que sirvan a nuestros intereses;  si estamos midiendo bien nuestros recursos  y no nos quedaremos a mitad del camino sin fuerzas cuando más las necesitemos; si serán alcanzables a pesar de su grado de dificultad, reportándonos la satisfacción de saber que han sido objetivos realmente atractivos y poderosos. Conviene reflexionar sobre estas cuestiones, para que no seamos víctimas de nuestros propios objetivos, bien porque no hemos sabido valorar su importancia y han sido elegidos siendo mucho más poderosos que nuestras capacidades y, por tanto, nos acaban destruyendo al no poderlos alcanzar, o bien tan pobres que apenas nos dan satisfacción por alcanzarlos.
 
Quedaría una última reflexión referida a nuestra intervención como observadores de cuanto ocurre. ¿Deberíamos como tales intervenir en nuestro entorno cuando vemos que hay algo que  según nuestro punto de vista no está bien? Si recordamos la película de el efecto mariposa, donde el protagonista sufre pérdidas cortas en su noción del tiempo desde que era pequeño y habiendo tenido una infancia marcada por acontecimientos desagradables que quedaron apuntados en un diario por recomendación de su psiquiatra, en su etapa universitaria recupera esos recuerdos y descubre que ha roto la vida de la gente que más quería y decide intervenir. Entonces, viaja a su pasado en su mente de adulto para arreglar sus errores y mejorar el presente de todos. Pero el efecto mariposa tiene sus consecuencias en su presente, generalmente desafortunadas. 
 
Seguro que esto nos lleva a pensar que como observadores, mejor no intervenir para no favorecer a alguien o a algo, pues nuestra intervención puede perjudicar por otro lado. Es difícil decidir si intervenir o no. Por eso pienso que nuestro Creador decidió darnos el “libre albedrío” y no intervenir en nuestras vidas.  ¡Eso sí, nos observa con su gran OJO que todo lo ve!. Puede que debamos intervenir cuando vemos que una posible víctima de alguna injusticia puede caer en una trampa mortal para ella y ante ese hecho debamos actuar. Pero en otras ocasiones, nuestra intervención, con la mejor de las intenciones, puede privar a la víctima de la toma de conciencia de su experiencia e impedirle que descubra por sí misma lo valioso del aprendizaje que va a tener. 
 
No es fácil convertirse en observador-actor, porque la responsabilidad es muy grande.  Seguramente es más fácil dedicarse  a observar cómo cae la víctima y cuáles son sus comportamientos ante la fatalidad, pensando que quien de ella se va a alimentar también tiene derecho a ello. 
 
En fin, tómense su tiempo la próxima vez que decidan intervenir ante determinadas circunstancias y valoren si deben hacerlo o no y hasta qué punto. Nada está escrito y todo puede pasar. De ustedes depende escribir la historia de una forma u otra.
 
Tomás Contell
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