Archivo mensual: enero 2013

SOBRE LA NAVIDAD, LOS REYES MAGOS Y LA FELICIDAD

Ahora que han finalizado estas fiestas no estaría de más que hiciéramos una pequeña reflexión de lo que han supuesto en nuestras vidas y de cómo nos sentimos una vez han concluido.
 
Porque cuando estamos inmersos en plenas celebraciones, parece que no nos gusta que nadie nos “agüe” la fiesta con reflexiones y recordándonos que hemos vuelto a hacer más de lo mismo, obteniendo, como siempre el mismo resultado: sensación de vacío, de aburrimiento, de hastío, cansancio, agotamiento, desaliento, abatimiento, desánimo, depresión…
 
Y nos preguntamos ¿Por qué me pasa cada año lo mismo después de haber vivido un buen “subidón” durante estas fiestas? ¿Por qué me siento tan desfallecido y desmoralizado a pesar de haber tenido fiestas, comidas, regalos y tantas cosas que deseaba?
 
Seguramente nos responderemos que la causa es atribuible simplemente al cansancio. Lo curioso es que ha sido la época en la que menos hemos trabajado y más tiempo libre hemos tenido para disfrutar (por regla general, claro). ¿Por qué no nos preguntamos si la causa puede ser que hemos hecho más de lo mismo que otros años y no hemos probado a hacer “cosas diferentes”? No voy a entrar en qué cosas diferentes se podrían haber hecho estas fiestas que nos reportaran resultados más positivos, pero sí voy a cuestionar el modo como las celebramos. 
En primer lugar no hago el análisis de qué cosas diferentes podríamos probar porque no pretendo enseñar nada a nadie, ya que la mayoría de las personas saben suficientemente sobre éstos y otros temas (si bien diría que entienden pero no “saben”, porque saber implica aplicar lo que se sabe para obtener mejores resultados) y, si no lo aplican, es porque realmente no lo saben. Y, en segundo lugar, porque he aprendido a lo largo de mi vida que si las personas no están preparadas para oír y entender lo que se le quiere transmitir, no hacen ni el más mínimo caso de los consejos que se les dan. Está demostrado que sólo se aprehende (lo he escrito bien, con “h”, porque significa coger, tomar como propio algo que al principio no es tuyo) cuando la persona desea lo que no tiene pero sabe que le conviene.   
 
Así que me limitaré a hacer sencillamente mi crítica por la manera en que vivimos estas fiestas que en su origen son esencialmente religiosas, espirituales y que nuestra sociedad de consumo, materialista, egoísta, utilitarista y pragmática ha convertido en algo superficial, banal, intrascendente. Sólo se enfatiza la parte festiva y lúdica invitando a un consumo excesivo de todo aquello que nos puede dar placer, sin plantearnos más reflexiones.
 
Pero la cuestión es que se usa la palabra tan gastada  de “felicidad” prometiéndonos que la obtendremos haciendo todo cuanto nos proponen. Y empiezan ofreciendo ya a los más niños e indefensos infinidad de juguetes y cosas que ni necesitan, diciéndoles lo felices que van a sentirse jugando con ellos, fomentando el deseo sin control y la sensación de que si no obtienen lo que les han hecho desear, no se sentirán completos ni mejores que los otros, iniciándose una escalada de “tengo, luego soy”, “necesito tener, para volver a ser” que tanto vemos reflejado en los adultos de hoy en día.
 
Lo peor es que ese aprendizaje ya ha dado resultados en muchas generaciones que se han convertido en consumidores compulsivos que ven cómo sus sentimientos de frustración y vacío no desaparecen por mucho que se regalen a sí mismos aquello que les prometen les dará la felicidad.
 
Y así, llegan unas navidades tras otras, con su Papá Noel traído de los anglosajones para añadir más motivos al consumo, para seguir con los tradicionales Reyes Magos pasando por la fiesta de fin de año. Todo son motivos perfectos para brindar, comer, beber y desearse lo mejor: esa felicidad que tanto deseamos, sin plantearnos si estamos haciendo las cosas correctas para obtener lo que realmente buscamos.  
 
Se nos ha dicho que si buscamos, hallaremos; si llamamos se nos abrirá; si pedimos, se nos dará. Lo que me pregunto es si realmente sabemos lo que debemos buscar porque es lo que más nos conviene; si sabemos dónde llamar para que se nos abran las puertas adecuadas; si sabemos dónde y a quién pedir para que pueda darnos lo que necesitamos. Porque más bien parece, a la vista de lo que vemos por el comportamiento de muchas personas, que se nos dice dónde buscar, a qué puertas llamar y a quién debemos pedir, siguiendo la mayoría sin más las indicaciones que se nos dan, sin darnos cuenta de que lo que obtenemos no nos aporta la felicidad que andamos buscando.
 
Claro que, a la vista de que no conseguimos sentirnos felices, acabamos haciendo como la fábula de la zorra y las uvas, cuando al ver la zorra que no podía alcanzar las uvas se conformó diciendo que estaban verdes y que no valía la pena seguir esforzándose por conseguirlas. Es así como dejamos de planteamos si la manera de buscar la felicidad es la adecuada y acabamos diciendo que es una utopía lo de ser felices, que nunca llegaremos a serlo plenamente porque es una estado momentáneo y transitorio, que quienes lo logran son sólo unos pocos iluminados y afortunados y que la realidad es que no está al alcance de la mayoría de los humanos. Todo excusas para no tomar conciencia de que está dentro de nosotros y que no hay otro camino que el autodescubrimiento y, una vez hallada la felicidad, ofrecernos a ayudar a los demás a que descubran la suya propia.
 
Y para esa tarea, no hay ni fechas especiales, ni momentos mejores que otros. Deberíamos decirnos todos los días del año, a todas las horas del día “¡feliz día!” “¡te deseo felices momentos en el día de hoy!”, porque cualquier instante, cualquier ocasión es buena para buscar la felicidad en las pequeñas cosas de cada día y para ayudar a los demás a que descubran la suya propia.
 
Tomás Contell 

 

COMIDA Y FELICIDAD

(“Otra vez he vuelto a caer en lo mismo”)
Estamos a 4 de Enero del recién estrenado 2013. Y seguro que ya hay más de uno que se ha dicho la frase tan repetida de “otra vez he vuelto a caer en lo mismo”. Y eso que apenas llevamos unas horas de este nuevo año. Apenas nos ponemos a recordar cómo estas fiestas nos hemos pasado con la comida y la bebida y la frase surge sin apenas darnos cuenta. Y con ella, nuestro sentimiento de culpabilidad por no haber sabido decir que no, o por no habernos controlado debidamente.
 
Y es que la sociedad en la que vivimos, pese a aclamar que estamos en “crisis”, no fomenta en las personas los valores de las 3 “R” (Reducir, Reutilizar y Reciclar) y lanza a las personas a un consumismo que, si bien no se traduce en un aumento de las compras compulsivas -que por esta fechas siempre se producen-, sí fomenta el consumo excesivo de la comida y la bebida como un signo de que no estamos tan mal cuando nos podemos permitir, al menos, comer y beber de casi todo.
 
Es como si necesitáramos sobrepasarnos en el consumo de todas las cosas que podemos permitirnos, si bien con dificultad, para afirmarnos que no estamos tan mal como para no  permitírnoslo y que, al menos, los excesos en estas fechas están justificados porque simplemente hay que celebrarlo y disfrutar de la vida. Y nos repetimos eso de “no hay que calentarse tanto la cabeza y hay que disfrutar, que la vida son dos días”.
 
Y ya me dirán qué disfrute se siente cuando nos invade después el malestar, la pesadez, la agonía, los vómitos, ataques de ansiedad, depresiones postfiestas, economía en caída libre, sentimientos de vacío e inutilidad, y un sin fin de otros “efectos secundarios”. Claro que para eso nuestra sociedad ya tiene montado el chiringuito de los productos farmacéuticos y la relación de nombres a los síntomas que se nos presentan tratando los efectos, pero no las causas.
 
Pero seguimos olvidando que la mejor celebración para nuestro cuerpo consiste en darle a él lo que realmente necesita y no lo que nos produce placer momentáneo, pero efectos perniciosos a corto, medio y, por supuesto, largo plazo. Y cuando sentimos los efectos de nuestro exceso, porque nuestro organismo es sabio y reacciona avisándonos como puede y sabe, entonces vienen las lamentaciones. Y nos decimos que la próxima vez no nos va a volver a pasar, que ya no volveremos a cometer el mismo error que tantas veces hemos cometido, y bla, bla, bla y todas esas frases que nos decimos para acallar nuestra conciencia y calmar un poco nuestro sentimiento de frustración.
 
Es nuestra impotencia por no vernos capaces de afrontar situaciones en las que se requiere una firmeza y una voluntad férreas para rechazar lo que sabemos con certeza que no nos conviene, la que nos impulsa al abandono de nosotros mismos a lo fácil y cómodo. ¿Será porque realmente no deseamos intensamente el sentirnos mejor? ¿Será porque todavía pensamos en nuestro interior que no hemos llegado al límite y, por lo tanto, no tenemos verdadera necesidad? Porque es la necesidad la que manda, y ésta sólo lo hace desde el dolor. Seguramente necesitamos sufrir más para desear cambiar de una vez por todas.
 
Lo triste es que cuando sentimos que el límite ha llegado, ya son pocas las cosas que podemos hacer. Recuerdo las palabras de una tía mía mayor, con sus recién cumplidos 93 años, que siempre dice la frase que nunca se me olvida: “La salud es prenda de gran valía que sólo se la valora cuando se la ve perdida”.  Tan es así que ya Hipócrates, al que muchos han jurado como médicos seguir sus principios pero que pocos realmente lo hacen pues no predican con su ejemplo, afirmaba: “Que tu alimento sea tu medicina y tu medicina tu alimento”. Tan sencillo y tan claro que parece mentira que no lo tengamos en cuenta.
 
Menos mal que información no falta para el que realmente decide cambiar su vida y llevarla por otros derroteros. Recientemente ha publicado Miguel Ángel Almodóvar, experto en nutrición y gastronomía, su libro «Mood Food. La Cocina de la Felicidad», en el que explica cómo determinados alimentos, entre los que se encuentran el aceite de oliva, el aguacate, los garbanzos o las sardinas, pueden ayudarnos a estar de mejor humor y ser más felices, al mismo tiempo que reducen la ansiedad, el estrés y favorecen un estado de ánimo positivo. Es curioso que esta relación entre alimentos y emociones no es nueva, ya que en los años ochenta el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) descubrió que determinados nutrientes afectaban directamente al proceso de pensar, percibir y sentir, llegando a afirmar que tomar una veintena de cerezas al día era más eficaz que cualquier antidepresivo de síntesis.
 
Lo que me pregunto es cómo después de tanta investigación llevada a cabo y tanta información como existe, seguimos maltratando a nuestro cuerpo en aras de una mal llamada “libertad para elegir” que nos hace comer y beber sin controlar lo que hacemos. Somos dueños de nuestras decisiones, pero me pregunto ¿porqué impulso mal controlado no dejamos atrás lo que nos perjudica y nos centramos en lo que nos beneficia y nos permite mejorar? ¿Por qué seguimos probando de la manzana prohibida del “Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal” si ya sabemos a lo que nos va a llevar?
 
Es una pena que no nos planteemos seriamente que podemos disfrutar mucho más y mejor sin necesidad de recurrir a lo fácil, a lo que ya sabemos que nos traerá consecuencias nefastas si seguimos por ese camino. ¿No será mejor que aprendamos a gozar con las cosas buenas de la vida descubriéndolas en su esencia, sin artificios ni efectos colaterales, en su proporción, en su forma natural, sin excesos, con pasión pero con medida? Porque ésta es la mejor manera de sentirnos bien durante y después del proceso pudiendo decir “ahora sí que me siento bien y me doy las gracias por hacer lo correcto”.
Tomás Contell
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