Archivo mensual: mayo 2013

¿CUALQUIER TIEMPO PASADO FUE MEJOR?

Canicas, tabas, peonzas...en algun lugar de españa -1940Se suele decir que cualquier tiempo pasado fue mejor. Que cuando éramos niños realmente éramos felices. No tanto porque lo fuéramos en todos los sentidos, sino porque tendemos a idealizar los recuerdos buenos del pasado y a dejar atrás lo malo vivido. Eso es bueno, porque anclarnos en el dolor o el sufrimiento vividos no aporta nada positivo a nuestras vidas.

Pero, lo bien cierto es que, cuando me pongo a recordar ciertas cosas de mi pasado, me siento agradecido por muchas cosas buenas que he vivido. Y no puedo por más que pensar si la juventud de ahora cuando se haga mayor tendrá en su bagaje de experiencias la riqueza que muchas personas de mi edad han ido acumulando.

Estoy seguro de que así será. De que también podrán recordar muchas cosas buenas. Pero puestos a pensar cómo de buenas han sido las mías o las de la juventud que ahora vive las suyas, me quedo con mis recuerdos.

Todo esto me ha venido a la mente porque sin saber por qué, me vi hace poco contándoles a unas personas cómo era mi infancia en mi ciudad natal, Moncada, hace unos 50 años.

Y me puse a recordar que por aquella época llegaron a Moncada los Misioneros Combonianos a instalarse, creando su seminario en el que formarían durante muchos años a misioneros para llevar a cabo su labor en Sudán, principalmente. Por aquél entonces tenían una revista que se llama “Aguiluchos”, con la que contaban muchas historias de lo que se hacía en las misiones de África.

Recordé que quise hacerme misionero y vivir experiencias maravillosas viajando por el mundo y ayudando a los necesitados. Pero en lugar de estudiar para misionero, entré en el seminario de Moncada para estudiar para sacerdote.

Recuerdo que antes de entrar en el seminario, íbamos a estudiar al Patronato de Educación y Cultura de Moncada y teníamos clase los sábados por la mañana también. Y nos decían que debíamos asistir a la misa de las 11 el domingo, porque nuestros maestros iban a entregar a los que asistiéramos un vale para luego ir por la tarde al cine del Centro Artístico Musical donde proyectarían películas de el Gordo y el Flaco, o de dibujos animados o de Buster Keaton. Eran películas en blanco y negro,muchas  mudas y, por aquél entonces, apenas la televisión había hecho su aparición.

Eran años en los que las distracciones de los niños se concentraban en darle a un pelota en las calles de tierra, o en inventar juegos con las cosas que encontrábamos a nuestro alcance, como viejas monedas, billetes de tren de cartón, o los tacones de goma de los zapatos, o los huesos de los albaricoques. La creatividad no tenía límites. Y el dinero no era el que marcaba la diferencia, sino la creatividad y la habilidad en el juego.

Chicos jugando a las chapitas New-York-City-ChildrenPor aquél entonces las horas no estaban marcadas por el reloj, sino por la salida y la puesta del sol, porque había poca luz en las calles y en las casas. La radio era lo que más acompañaba en las casas en los momentos de silencio, con sus anuncios publicitarios, sus canciones, sus retransmisiones deportivas y sus novelas. Oir una novela era como leer un libro, donde la imaginación te permitía componer tus propios escenarios y darle cara a los personajes.

Y si hablamos del consumo que hacíamos de chucherías, apenas se limitaba a comprar cacahuetes, altramuces y pipas en la tiendecita de la esquina, sustituyendo a las palomitas y demás refrescos de hoy.

Eran otros tiempos, ni mejores ni peores, diría yo. Pero donde había espacio para la comunicación, para el encuentro, para la creatividad, para contarse cuentos junto a la lumbre, para imaginar un mundo llenos de fantasías a la medida de cada uno.

No puedo por más que comparar con lo que la vida de hoy suele ofrecernos. Entonces la calle estaba tomada por los niños y apenas algún carro tirado por animales interrumpía los juegos y mucho menos los coches y las motos que apenas se veían. Había espacio y tiempo para casi todo. Hoy, no hace falta que describa la realidad, porque todos la conocemos sobradamente. Recuerdo que la palabra “me aburro” no formaba parte de nuestro vocabulario. No recuerdo haber oído por aquella época a nadie que dijera eso, de verdad. Y hoy, con tantas opciones como existen, he oído demasiadas veces esa expresión.

¡Qué sociedad hemos creado! ¡En qué nos hemos convertido! ¡Qué legado estamos dejando a nuestros hijos! Con la excusa del progreso, del bienestar, de ofrecer felicidad a nuestros hijos nos hemos ido apartando de lo realmente valioso: disfrutar de las pequeñas cosas, de buenas compañías, de compartir experiencias, de inventar juegos, de narrar historias, de imaginar aventuras y de vivirlas como reales, de ser solidarios con los vecinos, de poder tener la llave de la casa en la cerradura con la total confianza de que nada malo va a pasar, de sentirnos parte de un lugar y de que estamos juntos contribuyendo a hacerlo mejor.

Soy de los que pienso que el futuro será mucho mejor que el pasado, porque trabajo cada día para que así sea. Pero cuando hecho la vista atrás veo que hay cosas del pasado que eran buenas, muy buenas, y que deberíamos ser capaces de rescatarlas sin renunciar a lo que el progreso nos pueda aportar. Porque conciliar lo bueno del pasado con lo mejor del presente nos hará crear un futuro maravilloso.

A cada cual le toca rescatar de su pasado lo mejor y ver cómo traerlo a su presente para enriquecerlo, haciendo que la construcción de su futuro sea una tarea motivadora y noble. Quienes no renunciamos a nuestro pasado, a nuestra historia y entresacamos lo mejor de ella, tenemos la fortuna de poder revivir su mejor parte y deberíamos tener el compromiso de llevarla mejorada hacia el futuro.

Creemos con nuestros más bellos recuerdos las plataformas en las que construir los más hermosos sueños del futuro. Hagámoslo por nuestros hijos. Ellos nos lo agradecerán, como ahora yo agradezco lo que mis padres me aportaron.

Con gratitud

Tomás Contell

ME COMPROMETO A SEGUIR SIENDO FELIZ

foto con Tony RobbinsAyer regresé de Londres. Fui a encontrarme de nuevo con Tony Robbins en el seminario “Unleash the power within” (Libera tu poder interior). Quienes me conocen han oído sobradamente la influencia que ejerció en mí Tony cuando asistí el año pasado a este mismo seminario. Por esa razón quería repetir; quería volver a experimentar las mismas cosas que me transformaron. Pero nada fue igual. Porque yo ya no soy la misma persona que era.

Desde que decidí el pasado año convertirme en la mejor expresión de mí mismo, muchas cosas han pasado. Porque tomé conciencia de creencias limitantes que estaban arraigadas en mí desde la infancia y que no me permitían liberar todo mi potencial. Pero una cosa es tomar conciencia y otra pasar a la acción. Y en el seminario, aunque hagas ambas cosas, nada permanece, nada pasa a formar parte de tu carácter si no lo interiorizas suficientemente y lo integras en tu personalidad a través de una acción constante, coherente y enfocada adecuadamente hacia tus objetivos.

Yo hice todo eso desde el año pasado y por esa razón muchas cosas han cambiado en mi vida. Por eso surgió la idea de mi libro y se materializó. Por eso surgieron muchas canciones que ahora son una realidad palpable, por eso mi cuerpo es ahora más enérgico y saludable, por eso mis relaciones han mejorado en muchos sentidos. Por eso decidí volver a estar con Tony, porque siguen habiendo áreas en mi vida que quiero mejorar.

Y como dije, nada fue igual aunque todo fue lo mismo. Le comentaba a un amigo que participó en el seminario también, que ir a estos seminarios, como escuchar a los grandes maestros, es muy importante. Pero más lo es tener el terreno preparado para que la semilla que se siembra fructifique. Y eso es lo que me ocurrió el año pasado: que mi terreno estaba preparado para que lo que se sembró fructificara. Y en esta ocasión, también estaba mi terreno mejor preparado para recibir de nuevo la semilla de la sabiduría y hacer que fructificase todo lo que de bueno se sembrase.

Siempre me impactó la parábola de Jesús que habla de la historia del sembrador que salió a sembrar y cayó parte de su semilla en el camino, parte entre las malas hierbas, parte en las rocas y parte en el terreno preparado y abonado. Al final de la parábola muestra que sólo la semilla que cayó en el terreno adecuado dió sus frutos.

Si nos aplicamos esta parábola a nuestra vida vemos que es nuestra responsabilidad, y de nadie más, tener el terreno en las mejores condiciones para que la semilla crezca y de frutos.  A ningún labrador, de los muchos que he conocido en esta vida (soy de la huerta valenciana), se le ocurriría plantar una semilla sin antes haber preparado adecuadamente su campo. Y eso implica limpiarlo de malas hierbas, airearlo, abonarlo para que tenga los minerales necesarios, preparar el sistema de riego y todas aquellas otras tareas necesarias para garantizarse el éxito a la hora de sembrar. Seguro que a ningún labrador experimentado se le ocurriría lanzar la semilla sin haber hecho antes todas esas tareas necesarias. Porque cuando las cosas se hacen bien, la semilla nace, crece y da frutos.

Así pues, este año siendo igual que al anterior en cuanto a contenidos, nada ha sido igual porque mi terreno no era el mismo. Ahora sé que nuevas ideas han surgido de mi mente, nuevos deseos que me impulsan en la dirección fundamental de mi vida y nuevas formas de energía van a venir en mi apoyo para materializar todo ello.

Y, ¿por qué os cuento todo esto? Porque soy consciente de que muchos de los que me leéis estáis buscando la manera de mejorar vuestras vidas, de encontrar un mejor sentido a lo que hacéis, de obtener una fuente inagotable de energía que os permita disfrutar de una vida más saludable, de sentir que estáis en el camino correcto hacia la verdadera felicidad deseando sentirla ya en el mismo proceso de búsqueda.

Pero no os equivoquéis, nada pasa por casualidad, nada pasa si nosotros no hacemos que pase. Porque si seguimos haciendo lo mismo de siempre obtendremos los mismos resultados. Hagamos que las cosas ocurran. Hagamos como el caballero del cuento de “La buena suerte” que crea las circunstancias para que nazca el trébol de cuatro hojas en lugar de buscarlo desesperadamente hasta llegar a abandonar como otros caballeros. Hagamos todas aquellas tareas que permitan tener el terreno en las mejores condiciones para que la semilla crezca y de sus frutos.

Las personas suelen decirse (al igual que la zorra se decía que las uvas que deseaba estaban verdes cuando no las podía alcanzar) que lo que dicen muchos de estos maestros como Tony Robbins son solo palabras y que realmente no se consiguen las cosas que tanto prometen. Pero eso ya sabemos que son sólo excusas que se dan a sí misma
s por el miedo a fracasar al intentarlo, por el miedo a salir de la “zona cómoda” y arriesgarse a intentarlo una y otra vez sin saber si lo conseguirán o no.

Pero para el que cree que todo es posible, sobre todo si pone en marcha las estrategias adecuadas y persiste sin desfallecer, el éxito está garantizado. Sobre todo porque el éxito no es tanto alcanzar el objetivo final, sino más bien un estado de permanente confianza en que las cosas mejorarán si seguimos trabajando en la dirección correcta y que, en el proceso, descubriremos que hay otras formas de tener éxito y disfrutarlo si, lo que perseguíamos tal y conforme lo imaginábamos, no se ha hecho realidad.

Porque lo maravilloso de todo esto es que en el camino hacia lo que consideramos éxito vamos observando en qué consiste verdaderamente el mismo. Y no es otra cosa más que sentir que estamos mejorando a cada paso que damos y en vernos más cerca de la persona extraordinaria en la que nos vamos a convertir.

Y eso nos da un sentimiento de plenitud, de grandeza que hace que las pequeñas cosas nos llenen al igual que los grandes logros que podamos alcanzar. Y es así como  descubrimos que la felicidad no es una quimera, una utopía, un deseo que se nos escapa cuando apenas lo disfrutamos, sino un estado permanente en el que nos movemos porque ha pasado a formar parte de nuestra manera de ser y entender la vida.

Con gratitud

Tomás Contell

 

¿SE PUEDE SER FELIZ ESTANDO ENFERMO?

11312449-nino-enfermo“¿Y  de qué te sirve todo lo que piensas y haces si también caes enfermo?”  Me parece estar oyendo esta frase en boca de más de uno de los que conozco y que, al parecer esperan mis momentos de debilidad, flaqueza o enfermedad para hacerme ver que lo que practico no me libra de estar sometido a las leyes naturales.

Creo que confundimos el hecho de que la persona elija un camino de mejora, esfuerzo, superación, salud y energía con que los resultados que a veces se obtienen en el corto plazo no sean los esperados.

No crece un olivo o un árbol da sus frutos de la noche a la mañana. Y en todo el proceso son muchas las horas en las que hay que mantener una actitud firme en el camino correcto y ser perseverantes en las acciones a realizar para, con paciencia, empezar a ver los resultados.

Nuestra condición humana nos lleva a querer con demasiada inmediatez aquello que deseamos y no nos prepara para seguir los ritmos de la naturaleza que va preparando poco a poco la llegada de cada estación necesaria para que  se cumplan los ciclos de la vida.

Y en este caso es tan sólo un resfriado contagiado o provocado por alguna bajada de las defensas que, sin ser en absoluto como los que venía padeciendo años atrás cuando me cuidaba menos, me deja bajo de energía y con molestias que hasta da vergüenza mencionarlas al haber tantos otros síntomas peores en enfermedades más graves.

Pero cuando nos sentimos por debajo de nuestro estado deseado y reconocemos nuestra fragilidad, es cuando se inician unos procesos mentales a los que me quiero referir en este artículo.

Porque normalmente empezamos a quejarnos en demasía de nuestra mala suerte o salud, de cómo nos van las cosas, de lo solos que nos encontramos, o de que nadie se preocupa por nosotros, o de que todo cuanto hemos hecho bien hasta el momento no nos ha servido de nada, o para qué tanto positivismo si la realidad es la que es y por mucho que nos esforcemos no la vamos a cambiar.

Bueno, podría alargarme más haciendo la lista de negatividades más amplia pero sólo conseguiría poner el énfasis en lo que no quiero precisamente, que es en lo negro y negativo que vemos las cosas en esos momentos.

Propongo un ejercicio diferente para esas ocasiones: pensar en que lo que nos ha pasado ha sido un acontecimiento puntual que nos va a venir bien para pararnos a pensar un poco sobre ciertas cosas a las que normalmente no les prestaríamos tanta atención; atendernos con cariño a nosotros mismos, mimarnos y querernos como sólo nosotros lo sabemos hacer, sin necesidad de nadie aunque podamos agradecer su ayuda o presencia; revisar nuestros objetivos en la vida y nuestras prioridades, así como los que nos planteamos al principio del año para conseguir a finales del 2013; ver cómo vamos avanzando en la dirección fundamental de la vida que hemos elegido vivir para tener una vida extraordinaria y ver cómo vamos materializando aquellos sueños por los que estamos trabajando; darnos un parón en nuestra actividad cotidiana y, sencillamente, relajarnos, tomar distancia de las cosas de la vida, dejar fluir la vida misma con la confianza de que si seguimos haciendo las cosas bien, con fé, con gratitud por todo lo bueno que ya estamos recibiendo volveremos a sentir la fuerza y recuperaremos la energía perdida; pensar que es un estado transitorio y que nos puede ayudar mientras tanto a conocernos un poco mejor, a ser más humildes y a sonreír frente a los contratiempos que la vida nos pueda presentar.

Y disfrutar con todo lo que nos esté pasando. Sí, DISFRUTAR, porque si aprendemos a hacerlo surgirá inevitablemente la llama del Amor en cada pequeña cosa que hagamos y nos enseñará un camino nuevo para descubrir la felicidad escondida incluso en la enfermedad o el dolor.

Yo así lo hago y os invito a que lo hagáis. Ya os digo que igual no os resulta fácil. Pero sabemos que lo fácil no nos reporta satisfacción. ¿Verdad?

Con gratitud

Tomás Contell

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