Archivo mensual: septiembre 2013

AUTODISCIPLINA II (Cantar en la calle)

Tomas Contell tocando la guitarraOs escribo desde Moldavia. Quienes me conocen un poco o me han leído, sabrán algunas de las historias que he vivido en este país, como el fraude (por no llamarle robo) que me provocó mi anterior administrador en quien confiaba como si fuera casi un hijo. Esta historia es pasada. Pero cuando vengo aquí para seguir con lo que me queda, reviven en mí sentimientos y emociones que hacen temblar los cimientos de mi carácter que llevo construyendo desde hace bastante tiempo. Todo se me remueve. Pero ya no lo vivo con temor, sino casi con gratitud, porque me ha permitido estar donde estoy ahora pese a lo mucho padecido y perdido (decir esto me sigue costando, pese a tener ya una evidencia inequívoca de que así ha sido).

Y estando en la capital, Chisineau, tuve la oportunidad de poner en marcha una pequeña experiencia que hace tiempo pensaba hacer, pero que nunca me atreví. Es la de cantar en plena calle, en cualquier lugar, sin importarme si la gente me ve o lo que pueda pensar de mí o sobre las razones de por qué lo hago. Y pensarán… ¿qué tiene esto que ver con la autodisciplina?

Pues sí que tiene que ver para mí, y mucho. Verán.  El hecho de someterte a las miradas de los demás (y oídos, claro) sin más razón aparente que la de llamar la atención para que puedan valorar lo que haces y “recompensar” esa acción, te somete a un profundo análisis de tus miedos y temores, entre los que destaco el de hacer el ridículo, el miedo a no gustar y la vergüenza de que los demás te rechacen porque no les gusta lo que haces.

Para cada persona este hecho, como otros posibles, le provocará emociones muy diversas. En mi caso me pregunté, obviamente, porqué razón quería hacerlo en este preciso día de este viaje de una semana justa. Mi respuesta fue sencilla: ¿y por qué no? Cualquier día y cualquier situación es buena para poner a prueba la autodisciplina, la que me dice que debo hacer aquello que debo hacer sin más explicaciones. Y experimentar, descubrir emociones nuevas, poner en práctica lo aprendido, hacer frente a los propios miedos, practicar con la voz y la guitarra o, simplemente sentir que la vida vale la pena vivirla en cada momento y dejarse sorprender por ella.

Y me decidí.  Fui hacia una zona en el centro de la capital donde los sábados por la mañana hay un mercado de segunda mano muy famoso, donde las personas que tienen cosas que ya no usan las ponen en el suelo de la misma calle, encima de sábanas, para venderlas y sacarse algo de dinero que les ayude a sobrellevar su difícil situación económica, pues el país es bastante pobre pese a los grandes contrastes que existen, ya que  también hay una minoría muy rica.

Y allí dirigí mis pasos, buscando un lugar en el que poder acomodarme , sacar mi guitarra y empezar a cantar mis canciones. Y encontré un espacio con escalones, rodeado de unas mujeres de diferentes edades, junto con un niño de poca edad que vigilaban sus puestos y atendían a los transeúntes. Y empecé…

Pensaba, mientras cantaba, “no busco nada, no pretendo nada, sólo quiero demostrarme a mí mismo que puedo hacer esto y lo que me proponga y de esta forma  me disciplino para forjar mi carácter y prepararme para lo que la vida me pueda ofrecer. Voy simplemente a disfrutar con lo que hago”.

Y pasó. Como el rincón era discreto, las personas que pasaban oían, miraban, paraban, algunas preguntaban, otras me ofrecían dinero (que con un gesto amable y de gratitud rechazaba, pues pensaba que con su pobre situación les vendría mejor a ellos que a mí) y fui recibiendo algo mucho más valioso de lo que nunca hubiese podido imaginar: plenitud por lo que  hacía y una sensación de que estaba recibiendo una energía especial en aquellos momentos de no se sabe bien de dónde procedía.

Y disfruté. Recibí los elogios sinceros y desinteresados de quienes me escucharon pese a no entender lo que decía. Y con mi sencillo rumano agradecí profundamente lo que me dijo una mujer que vendía cerca de mí: “nu am inteles ce cintai, dar am inteles ca, cintai din suflet si mi-a placut foarte tare” . Traducido es “no he entendido lo que decías, pero he sentido que cantabas con tu alma y me ha gustado mucho”. Me sentí profundamente recompensado. En ese momento sentí que la disciplina que aplico en mi vida en momentos en los que puedo no verle demasiado sentido, cobraba un significado nuevo y potente que me acompañaría en los momentos de vacilación.

Hacer las cosas por el mero placer que ellas mismas comportan, sin esperar nada a cambio salvo lo que el Universo decida ofrecerte. Porque cuando esperas tu recompensa ésta nunca es tan grande como cuando lo das todo y dejas que sea la “Mente Creadora” quien decida cómo, cuándo, dónde y cuánto recompensarte por ello. Y si la Fe la mantenemos en esta creencia y seguimos disciplinadamente haciendo lo que sabemos debemos hacer, es increíble lo que podemos llegar a lograr.

Os invito a que seáis disciplinados, sin autoflagelaros si en el camino tenéis vuestras flaquezas, contradicciones o abandonos. Pero eso sí, que sean abandonos momentáneos, no definitivos. Que volváis sobre vuestros pasos, que retoméis lo que sabéis que os hace bien y que os lleva por el buen camino. Porque cuantas veces regreséis disciplinadamente a lo que os aporta bienestar, paz y felicidad será una nueva victoria que añadir en vuestra vida y nuevas fuerzas renovadas vendrán en vuestro auxilio para seguir hacia delante con menos vacilaciones cada vez.

Porque recordad, las acciones constantes, coherentes y enfocadas en la dirección correcta de nuestra vida crean hábitos, y esos hábitos forjarán nuestro carácter haciendo que nuestro destino sea finalmente alcanzable.

Dicho así parece fácil, pero hay que ponerse manos a la obra para hacerlo realidad. Y ahí la autodisciplina es vital. Porque lo que hay que hacer es aplicar las cosas que sabemos y ponernos en acción. Y no tener miedo a fracasar o a equivocarnos, e intentarlo cuantas veces sea necesario.

Con gratitud

Tomás Contell

 

“SOBRE LA AUTODISCIPLINA” (I)

Aristóteles

“Somos el resultado de lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito”. 

Aristóteles

Me he preguntado muchas veces la razón por la que hay personas que tienen éxito en sus vidas, alcanzan sus objetivos, logran cuanto se proponen, se sienten plenamente satisfechas con sus vidas, en definitiva, se sienten felices.

De todo cuanto he leído en relación con la llamada psicología del éxito, psicología positiva o como queramos llamarle a la ciencia que estudia y trata de dar con las claves para hacer que el ser humano pueda desarrollar su máxima potencialidad ha sido la palabra “disciplina” la que siempre ha terminado por presentarse como la gran fuerza que todo lo determina al final.

Porque, si bien soy consciente de la importancia de muchas claves para que podamos hacer realidad nuestros sueños, lograr que nuestra “Visión” y nuestra “Misión” formen parte de nuestra acción cotidiana, de nuestros pensamientos diarios, de nuestras emociones más repetitivas, al final ésto sólo se logra si hacemos “disciplinadamente” todo cuanto sabemos que debemos hacer.

Cuando hago mis ejercicios diarios, entre los que incluyo lo que llamaría la “Rosa del Carácter” (en alusión a la rosa de los vientos puesto que en cada uno de los 8 puntos cardinales agradezco a Dios/Energía Universal/Mente Creadora la energía que me da día a día para poseer y desarrollar los 8 hábitos de mi carácter) agradezco a la “disciplina” por ser la que me permite no olvidarme de lo que debo hacer y darme la energía renovada para hacerlo.

Porque, parafraseando la famosa frase de “…puedes tener todo el oro del mundo, pero si no tienes “Amor” no tienes nada” diría que podemos tener muchas cualidades, haber adquirido incluso grandes habilidades, logrado innumerables éxitos, pero si no tenemos “disciplina”, todo cuanto hemos logrado podemos perderlo.

Sí. Podremos decir que si lo hemos logrado ya nadie nos lo puede arrebatar. De acuerdo, eso es cierto. Pero como somos seres en constante evolución, sabemos que no podemos vivir de los recuerdos a no ser que los recuerdos nos impulsen a nuevas acciones que nos ayuden a seguir mejorando o progresando en nuevas áreas de nuestra personalidad.

Porque, es lógico que ciertos logros, sobre todo los relacionados con aspectos ligados a la edad y condicionamientos físicos, no los vamos a volver a conseguir. Pero, hay muchas otras facetas en el ser humano ligadas a su mente y espíritu que, sólo con el entrenamiento diario y la disciplina necesaria, podremos mejorar más allá de lo imaginable. E, incluso, diría que más de uno se sorprendería con los casos de personas que han superado las barreras de la edad y de sus condicionamientos físicos a través de una disciplina férrea logrando metas que a todas luces parecían imposibles de alcanzar.

La palabra disciplina ha sido muy vilipendiada a lo largo de la historia de la humanidad. Seguramente porque se ha asociado con elementos que nada tenían que ver con su verdadera esencia. Casi todo el mundo, cuando piensa en disciplina, viene a recordar elementos militares (ya desde la antigua Esparta), rigidez en la personalidad, falta de libertad, privación, sufrimiento e incluso dolor, autoritarismo e incluso castigo corporal. No voy a entrar en el porqué de estas asociaciones, ya que muchas de ellas vienen por experiencias vividas a nivel personal y otras transmitidas por las diversas sociedades y culturas en las que el ser humano le ha tocado vivir y que se nos han dado a conocer por muy variados medios. La realidad es la que es.

Pero quiero elevar la dignidad de la palabra disciplina a través de ponerle un prefijo que, para mí, le da un giro radical a la palabra. El prefijo “auto”. Porque al hablar de “autodisciplina” la cosa cambia. Es como dejar a un lado todo lo que no tenga que ver con la elección libre, consciente y voluntaria por la que uno decide aplicarse la disciplina a aquellos aspectos de su personalidad que necesita y desea mejorar.

Y, es aquí donde todo cobra un sentido nuevo. Porque, seguro que reconocerán que, en muchos momentos de su vida habrían agradecido el tener un nivel de autodicisciplina alto para conseguir muchos de los objetivos que se habían propuesto. Como bajar de peso, hacer dieta, comer menos, hacer ejercicio, dejar de fumar, dejar de beber, dejar de depender del sexo, dejar una relación que no conviene, empezar a leer todos los días un poco, dejar de ver tanta televisión, practicar algún deporte, ahorrar más, gastar menos, viajar más, ser más amable, tener mejor humor, etc., etc.

Seguro que se han visto identificados en algunos de los objetivos antes mencionados. Y, seguro que se han preguntado cuáles son las causas por las que no lograron su objetivo. Porque seguro que tuvieron un buen plan, invirtieron en medios para saber bien lo que tenían que hacer, el tiempo que debían dedicar, las personas que les podrían ayudar, los pensamientos que debían fomentar o evitar, la motivación que deberían poseer, las emociones que sentirían o las que deberían provocar, etc. para tener el éxito que buscaban.

Y, sin embargo, cuando piensan por qué no lo lograron, seguro que les viene a la mente la frase “no tuve la disciplina suficiente para seguir haciendo lo que debía hacer”. Por eso me pregunto ¿de dónde nos viene la disciplina, o, mejor dicho, la autodisciplina, que tanto necesitamos para que nos ayude a seguir haciendo lo que sabemos debemos hacer para lograr lo que deseamos y mantenernos permanentemente en ese estado de bienestar y paz que da el saber que lo estamos haciendo bien?

Seguiremos con este tema en el próximo artículo. Hasta entonces, pregúntense cuál es su nivel de autodisciplina.

Con gratitud

Tomás Contell

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