Archivo mensual: mayo 2014

LA VIDA ES UN JUEGO… (continuación)

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Decía en mi anterior artículo que “la vida es un juego” en el que nosotros decidimos a qué queremos jugar. Y, si no es así, es que nos hemos planteado mal la vida y debemos “reconquistarla”.

Para saber cuál es el juego de nuestra vida es prioritario que sepamos qué dirección fundamental estamos siguiendo. Esto de la dirección fundamental (DF) es “clave” para no perdernos en nimiedades y terminar olvidándonos de nuestro principal objetivo.

Para saber la DF de nuestra vida está claro que debemos iniciar un proceso de introspección importante, de análisis de nuestros valores, de cuál ha sido la trayectoria que hemos seguido hasta el presente, cuáles han sido los impulsos que hemos seguido y que han marcado nuestros pasos, qué es lo que realmente ha captado siempre nuestra atención y qué ha hecho que nos sintiéramos orgullosos de hacerlo y agradecidos a la vida por habernos dado la oportunidad de descubrirlo y vivirlo. Esto es muy importante, porque nos dará la clave de aquellas cosas que realmente nos han hecho felices y a las que nunca debimos darles la espalda después.

A partir de esta reflexión, hace falta “valor” para aceptar cuáles han podido ser nuestros “distractores”, en qué medida hemos cedido demasiado a seguir nuestro camino por comodidad, miedos a la soledad, incomprensión o rechazo; por seguir otros caminos que no eran los nuestros justificándonos que lo hacíamos por amor a otros, sin darnos cuenta que el verdadero amor nunca exige que renunciemos a ser nosotros mismos; o si nos hemos desviado por “explorar” otras alternativas y hemos “perdido” nuestro rumbo y no sabemos cómo retomar nuestra DF.

Conocer nuestra DF es clave para saber las reglas del juego de nuestra vida, aceptarlas, seguirlas disciplinadamente y no salirnos del camino elegido. A veces probamos a hacer variaciones a nuestro juego, pero corremos el riesgo de que se nos cambien la reglas, de perdernos en juegos que no son los nuestros y, otra vez más, olvidarnos de nuestra DF con las consecuencias que ello conlleva: insatisfacción, autoreproches, autojustificaciones, culpar a los demás, victimismo, deterioro físico y mental, enfermedades, etc.

Siempre podemos cambiar el juego que estamos jugando. Sí, podemos hacerlo. Pero sin perder de vista nuestra DF y  el guión que nos marca, así como las reglas que cada juego nos va a exigir. Porque cada juego tiene sus reglas y, seguirlas nos ayudará, pero ignorarlas o incumplirlas, nos destruirá. Si las seguimos, obtendremos consecuencias que nos llevarán a alcanzar nuestra DF, nuestro destino final y nuestra felicidad. Lo cual nos hace ver que elegimos nuestro destino cuando definimos nuestra DF y aceptamos seguir las reglas que esto comporta.

Y, a partir de estas elecciones, descubrimos caminos que nos acercan a nuestra DF y otros que nos apartan de ella. Y observamos cómo el Universo se pone a nuestro lado para ofrecernos caminos en la dirección de nuestro destino, pero no nos dice cuál elegir, pues sólo nosotros deberemos, con nuestro libre albedrío, elegir el que nos lleva en nuestra DF. Porque elegimos nuestro destino, pero los caminos correctos los debemos descubrir nosotros mismos.

Así, la vida es un descubrir, elegir y aprender continuamente de cuanto nos ocurre para seguir adelante en la DF de nuestra vida. Al final, los posibles juegos de la vida siguen unas reglas que son iguales para todos y que deberíamos conocer. La primera es que debemos saber que, de verdad, no sabemos nada, que nuestros sentidos nos engañan y estamos prisioneros de lo que ellos nos hacen “creer”. Venimos a “ocupar” un cuerpo físico y nuestro espíritu tiene que adatarse a él. Y en ese proceso acaba “olvidando” en muchas ocasiones quién es realmente y a qué ha venido a este mundo.

Si es así, ¿qué debemos “creer”? ¿a qué verdad debemos dar “credibilidad”? ¿qué verdad es incuestionable? Pues el hecho de que estamos aquí, dentro de un cuerpo físico, sometidos a unas reglas marcadas por esa realidad física, pero que somos mucho más que esa realidad. Y debemos profundizar, a través del conocimiento, sobre el hecho de para qué hemos tomado esa realidad física. Y descubrir que, por mucho conocimiento que tengamos, la verdadera sabiduría no es tener poco o mucho conocimiento, sino saber aplicarlo para hacer nuestra vida más útil y beneficiosa.

Así, pues, deberemos “creer” y “crear” con nuestros pensamientos (creer) y acciones (crear) todo aquello que nos ayude a seguir nuestra DF y a saber (aplicando conocimientos) que  nuestra vida ha sido al final útil y beneficiosa para nuestro espíritu y para ayudar al de los demás.

Pensamos que, en el proceso de la vida, poseer muchos conocimientos nos ayudará a ser más fuertes, poderosos y a jugar mejor nuestro juego. Pero el conocimiento, en sí mismo, sólo da más conocimiento. El objetivo del conocimiento es  tener su aplicación y descubrir su utilidad y su bondad. Porque, todo conocimiento que es útil para que juguemos bien y obtengamos los mejores resultados, me convertirá en un ser más sabio. Y eso sí, la sabiduría me hará comprender mejor mi destino y seguir la DF de mi vida hasta alcanzar el éxito.

Queda, por último, comprender que jugar el juego de la vida tiene su precio. Jugar no es gratis. El juego de la vida nos exige que paguemos por disfrutar jugando y por lo que obtendremos. Lo triste es que muchos pagan igual por jugar sin haber elegido su juego, sin disfrutar y sin haber obtenido lo que buscaban, pues no eligieron la DF de sus vidas.

El precio que pagamos no lo sabemos. Lo descubrimos al final de nuestras vidas. Sería mejor conocerlo antes, pensamos. Pero eso nos limitaría, no nos ayudaría, nos llevaría a no querer jugar o a no esforzarnos en el juego perdiendo todo nuestro interés. Lo bueno es no saber el precio que pagamos y jugarlo pese a todo con FE. Con el convencimiento de que valdrá la pena. Porque así lo decidió nuestro “espíritu” cuando bajo a la tierra y tomó el cuerpo físico que tenemos y aceptó las reglas que tenía que seguir.

Tengamos FE en que vale la pena jugar, pese a todo, el juego de la vida. Que el precio que paguemos por jugar bien valdrá la pena. Cultivemos la FE, ese convencimiento pleno de que todo nos irá bien al final, si perseveramos en seguir la DF de nuestra vida. Y que alcanzaremos el éxito al cumplir con nuestro destino. Porque el Universo nos quiere y quiere que tengamos éxito en la misión de nuestra vida. Y debemos estar convencidos de que estamos “guiados” para tener éxito. Si lo creemos con FE así será. Y, tristemente, si no lo creemos, también así será. Porque lo que ”creamos” (de creer) será lo que “creemos” (de crear). Así que, más vale que “creemos” lo que nos ayudará a alcanzar nuestro destino y “creamos” que seremos felices con el proceso y el resultado final.

Con gratitud.

Tomás Contell

¿ES LA VIDA UN JUEGO?

La vida es un juegoHoy quiero reflexionar acerca de una afirmación muchas veces oída. Pero he de decir que a quien se la oí por primera vez bien argumentada y justificada fue a Fernando Moreno (a quien dedico mis mejores pensamientos y deseos para su pronta recuperación en su lucha por salvar su vida). “La vida es un juego”.  Es uno de los principios de los que debemos partir para entender qué hacemos en este mundo y a qué hemos venido. Me explicaré.

La vida es un juego en el que al final te das cuenta de que hay un solo jugador: tú mismo. Los demás son espectadores ocasionales, participantes momentáneos, jugadores que van y vienen para hacer el juego más entretenido o complicado. Pero el único que verdaderamente juegas el juego de tu vida eres tú mismo. Los demás juegan el suyo propio y, en ocasiones, nos parece que juegan nuestro mismo juego o que incluso nos ayudan o entorpecen a jugar el nuestro. Pero nuestro juego solo lo podemos jugar nosotros. Tomar conciencia de esto puede parecer duro, egoísta o simple. Pero si observamos, con el paso del tiempo, la realidad que nos acompaña a cada uno de nosotros, acabamos aceptando que es así.

Se ha escrito mucho acerca de este símil. Pero lo que ahora me interesa es reflexionar sobre el hecho de qué aporta a nuestra cotidianidad el hecho de pensar que la vida es un juego. Porque al igual que pensar que la vida es un sueño, como decía en su obra teatral Calderón de la Barca, nos lleva a determinadas conclusiones, asimilar la vida a un juego también comporta las suyas.

Para mí, la primera es que, si la vida es un juego, pienso que, como juego que es, tiene que ser divertido y voy a disfrutar practicándolo. No entiendo que se pueda llamar juego a algo en lo que uno sufra o se lo pase mal como objetivo del mismo juego. Otra cosa es que, en el trascurso del mismo, haya momentos difíciles, duros, muy complicados que hagan que deseemos en ocasiones abandonarlo porque nos parece poco probable que vayamos a disfrutar con él. Pero, aunque sea bastante difícil jugarlo en ocasiones, no es imposible hacerlo y obtener los resultados que buscamos.

Y nos preguntamos… pero ¿a qué se juega? Bueno, el gran atractivo del juego es que nosotros elegimos a qué jugar y, a pesar de que “algunos” quieran imponernos reglas, sólo nosotros somos los que realmente nos las ponemos y aceptamos. Somos nosotros mismos los que elegimos qué reglas seguir y a qué jugar concretamente. Y esto es lo que hace el juego más interesante, pero a la vez complicado, difícil y hasta desesperante para algunos. ¿Cómo elegir las reglas que seguir en un juego que no sabes en qué consiste?  Pues primero tomando conciencia de qué juego en la vida estás jugando y luego viendo las reglas que estás siguiendo, analizando si son Las elegidas por tí o las impuestas por los demás.

Todos tenemos ahora en nuestra mente determinados juegos deportivos, de azar, de inteligencia o estrategia, de superación o de negocios, etc.,  y no acabamos de imaginar un juego en el que nosotros mismos elijamos las reglas y el tipo de juego que vamos a seguir. Pero la realidad de nuestra vida nos hace ver que así es.

Jugamos desde pequeños a ser mayores, a imaginarnos a nosotros mismos siendo esas personas famosas por sus logros, por haber conquistado éxitos, fama, dinero, poder, etc. Y desde pequeños empezamos a seguir unas reglas de juegos que nos atraen y que nos obligan a seguir sus directrices sin que nos demos cuenta de ello. Nos dictan las reglas para ser buenos estudiantes, deportistas, para ser buenos hijos, para tener una vida feliz, para tener un buen matrimonio, para tener hijos, para ser buenos padres y buenos ciudadanos, etc, etc.

Pero esas reglas son para juegos que nos dicen a qué debemos de jugar. Pero, ¿cuál es realmente el juego que queremos jugar en nuestra vida de verdad? Esta pregunta es difícil que se la haga una persona joven, inmersa en tantos juegos que apenas le da tiempo de reflexionar sobre ellos y si debe o no jugarlos y cómo. Pero sí se la deben hacer las personas que se sienten que juegan sin saber muy bien a qué, quienes se consideran “educadores” y deben enseñar a otros los posibles juegos de la vida o los que ya llevamos tiempo jugando a juegos que no nos satisfacen. Bueno, se la deberían hacer todas las personas en momentos “clave” de sus vidas para sentir que están jugando el juego de la vida elegido por ellos y no por los demás.

Cuando nos hacemos esta pregunta solemos descubrir que efectivamente hemos estado jugando a muchos juegos que no eran realmente “mi juego” y que solemos llegar a un punto en el que descubrimos que otros muchos en nuestra vida dictaban las reglas que debíamos seguir, sin tomar conciencia de las nuestras propias.

Por eso solemos culpar a los demás cuando los resultados del juego que jugamos no nos gusta. Por eso, nos sentimos víctimas cuando esto nos ocurre. Por eso reprochamos a los demás que nos hayan hecho jugar a sus juegos sin dejarnos practicar el nuestro.

Debemos tener claro que la vida es un juego en el que podemos elegir las reglas del mismo y a qué jugar. Y que realmente el único opositor, por no llamarle enemigo contra el que tendremos que jugar, es contra nosotros mismos. Puedo elegir jugar a ser grande o pequeño, a conquistar o dejarme conquistar, a ganar o a perder, a vencer o darme por vencido, a luchar o a abandonar, a llorar o reír, o a ambas cosas si lo prefiero; a ser feliz o desdichado, a quejarme o a hacer algo por salir de la situación que no me gusta; a excusar mis errores o fracasos o a hacer algo por cambiarlos y mejorar; a votar a un político u otro o a no votar; a comer de una determinada forma o de otra; a hacer ejercicio o dieta o a controlar nuestro peso o emociones o a abandonarnos al deterioro físico o emocional.

Elegimos, amigos, siempre elegimos. No culpemos ya a nadie de lo que somos o nos pasa, porque son nuestras elecciones las únicas responsables de lo que nos ocurre. Porque aunque nos pasen cosas que no queremos ni deseamos, siempre elegimos cómo sentirnos después de lo ocurrido.

Así, pues, veo que es cierto que la vida es como un juego donde puedo elegir a qué jugar y qué reglas seguir para hacerlo de una forma u otra. Y elijo si quiero jugar solo o acompañado, siempre o en determinados momentos, con quienes jugar y a qué. Elegimos una y otra vez. Pero, siempre, quien elige, somos nosotros mismos. Porque si esto no lo tenemos claro, acabarán eligiendo otros por nosotros e imponiéndonos sus reglas.

Con gratitud

Tomás Contell

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