SOBRE LA FELICIDAD EL VICTIMISMO Y LAS ARAÑAS (II)

En el artículo anterior hablamos de lo que podemos aprender de las arañas, viendo la situación desde el punto de vista de la propia araña que construye laboriosamente su trampa para alcanzar así su objetivo y aprendimos cómo aplicar en nuestras vidas esas cualidades que mostraba para lograr sus metas.

Ahora quiero centrarme en la otra posición perceptual, la de la víctima que, no tomando conciencia de la existencia de la trampa, cae en ella y es atrapada sin posibilidad de escapar. Desde este ángulo de visión, como víctimas, es difícil que tomemos conciencia la mayoría de nosotros de lo que eso significa y, lo que es aún peor, si realmente nos hemos convertido o nos consideramos como tales.

Nos encontramos con reacciones diferentes, según la personalidad que cada uno tiene, a la hora de hablar del victimismo. Porque todos nos creemos con la libertad y capacidad suficientes como para no sentirnos víctimas de nada ni de nadie. Sin embargo, hay personas que por su amor propio (que no su adecuada autoestima), y su soberbia (que no su orgullo justo por los logros alcanzados), no son capaces de reconocerse como víctimas. Les gusta pensar que ellos están por encima de esas cuestiones, que ellos “controlan” perfectamente sus vidas y que “dominan” siempre la situación en la que se encuentran. 

Estas personas que se sienten “sobradas”, son las presas más fáciles de la telaraña que muchas veces teje la propia vida, porque no se dan cuenta que con sus acciones, con la manera de ser prepotentes y autoritarios, van tejiendo la estructura de una vida que en la mayoría de veces les acaba atrapando sin darse cuenta, teniendo una gran dificultad para salir  de ella. 

Construyen su telaraña sin saberlo cuando depositan su fe y su autoconfianza en el poder, en los cargos políticos o económicos, en la fama o en el dinero, o se abandonan o caen prisioneros de los placeres que les reporta la comida o la bebida en exceso y sin control, o el sexo, o cualquier tipo de droga de la que acaban dependiendo sin tomar conciencia de que están tejiendo su propia trampa en la que la única víctima van a ser ellos mismos. 

Tomar conciencia de esta realidad es difícil, sobre todo cuando nos sentimos personas que creemos que tenemos el “control” de esas situaciones. Pero, para saber si realmente tenemos el control basta que nos sometamos a nosotros mismos a una pequeña prueba: ¿Puedo ser capaz de renunciar a lo que puede que me tenga “atrapado” durante un período de 21 días? Este período es sólo como referencia y lo doy a título anecdótico, pero efectivo. Si una gallina está 21 días incubando el huevo para que nazca un nuevo pollito, y lo hace con fe y perseverancia hasta que consigue su objetivo, por qué no vamos a probar nosotros a “incubar” un nuevo hábito en un período similar, logrando eliminar hábitos negativos y tener otros más positivos? O, lo que aquí nos ocupa: ¿podremos ser capaces de demostrarnos que realmente no estamos “atrapados” en algo que nos hace ser víctimas de nosotros mismos?

Existe otro tipo de personas que, a diferencia de los anteriores, van por la vida de víctimas, asumiendo su papel y obteniendo con ello un nivel de atención y gratificación emocional que les hace especialmente peligrosas no sólo para ellas mismas si no para todos los que las rodean. A esas personas se las reconoce porque siempre van quejándose de todo cuanto les ocurre de negativo, porque todo lo ven desde la óptica de esa negatividad y pesimismo. 

Por quejarse se pueden estar quejando del día que haga, bien sea soleado, frío, caluroso, lluvioso o del clima que sea, pues a todo le encuentran pegas. O de la política, de la economía, del trabajo tan estresante que tienen, o de no tenerlo o… de lo que sea. Pero a esas quejas permanentes, desmesuradas, sin motivo suficiente ni sentido, añaden la otra parte no menos molesta que es el culpar de todo cuanto les ocurre y pasa en este mundo a los demás, a las circunstancias, a la casualidad, al azar o a lo que sea, con tal de no asumir ni una pizca de responsabilidad en cada una de esas cuestiones: la culpa siempre está fuera de ellos. 

La otra manifestación de su victimismo radica en estar siempre justificando sus errores, sus fallos o fracasos, buscando la causa de ellos fuera de sí mismos. Ellos nunca se reconocen como responsables. La verdad que este tipo de personas nos invitan sólo a huir de ellas, porque lo triste es que buscan, sin saberlo, captar la atención de los demás, sin darse cuenta que lo que realmente están necesitando, como todos, es AMOR. Pero al confundirlo y no tomar conciencia de ello, siguen sus pautas de comportamiento sin darse cuenta de que están atrapados en su propia telaraña, siendo sus propias víctimas de lo que con su equivocado enfoque de la vida han construido.

Ante estos dos perfiles de personas señalaré una tercera que, sin caer en las actitudes negativas de los dos anteriores, no por ello deja de caer también en la trampa de lo que ha ido construyendo con sus pensamientos y acciones. Me refiero a las personas que han tomado decisiones en la vida por motivos que no tenían muy claros, o suficientemente reflexionados, o sin contrastar con sus creencias y valores, dejándose llevar por donde sus propias decisiones les conducía, sin tener el coraje para cambiar y salir de la trampa en la que se vieron envueltos por las decisiones adoptadas. 

En este grupo de personas estamos la inmensa mayoría. Atrapados por decisiones que en su día tomamos y viéndonos sucumbir en la trampa que nosotros hemos construido sin darnos cuenta. La trampa puede ser tan sofisticada que ni siquiera nos da la posibilidad de tomar conciencia de ella. Esa suele ser la tarea más difícil. Prestar atención a las señales que nos indican que inequívocamente estamos “atrapados”. 

Y la lista de esas “señales” puede ser muy variada: cuando no nos sentimos satisfechos con nosotros mismos por lo que somos, o hacemos, o dejamos de hacer; cuando no nos podemos concentrar en lo que queremos, cuando nos sentimos estresados, malhumorados o sin energía para afrontar nuestros retos; cuando todo lo vemos negativo, cuando nos falta la salud, cuando perdemos el amor de los seres más queridos, cuando ni siquiera nos respetamos a nosotros mismos, cuando nos invaden los sentimientos más tristes sobre cómo estamos dilapidando nuestra vida sin encontrarle sentido, cuando….

Amigos, tomemos conciencia, desde la distancia que debemos adoptar frente a nosotros mismos con cierta periodicidad para analizar nuestra vida, y veamos qué clase de telaraña nos está impidiendo desarrollar todo nuestro potencial y vivir una vida plena y sin trampas. 

Ánimo y no tengáis miedo a afrontar vuestros propios miedos, pues tomar conciencia de ellos y decidir hacerles frente, es el primer paso para vencerlos. Y el primer miedo suele ser tomar conciencia de la telaraña en la que hemos caído.   

Tomás Contell

¿Por qué hablamos de Felicidad?

arcoiris


Este primer artículo, con el que quiero empezar lo que espero sea una larga e interminable secuencia de otros muchos artículos sobre el tema de la felicidad, quiero dedicarlo precisamente al hecho de justificar por qué he elegido este tema que me va a ocupar los próximos años y, espero, el resto de mi vida. Y es así porque asumo plenamente las palabras del filósofo Aristóteles cuando declaró ante el mundo: “La felicidad constituye el significado y el propósito de la vida, el único objetivo y fin de la existencia humana”.
Y esta es la razón más importante que me ha llevado a ocuparme de ella después de tantos avatares en mi vida en los que, sin saberlo, era a ella a la que estaba buscando, pero sin tomar conciencia plena de ese hecho, sin saber bien cómo y dónde buscarla y, por supuesto, sin aprender la forma de disfrutarla y mantenerla conmigo para siempre.


El hecho es que, aún siendo tan importante la felicidad, es muy difícil atraparla y, aún más, hacer que permanezca con nosotros todo el tiempo hasta el final de nuestros días. Pero, a pesar de eso, la sociedad en la que vivimos se permite aconsejarnos continuamente acerca de dónde y de qué forma podemos encontrarla. A través de los medios de comunicación y de cualquier soporte publicitario que veamos, se nos está continuamente “enfocando” hacia una forma de ver y entender la vida, y por tanto la felicidad, basada en la satisfacción de necesidades y deseos que, en la mayoría de los casos, ni son necesidades como tales y, si son deseos que realmente tenemos, no nos paramos a pensar si realmente son nuestros o han sido “inducidos” o introducidos en nuestra mente sin que hayamos tomado conciencia de ese hecho. Si ya es difícil alcanzar la felicidad porque se nos hace esquiva por momentos y apenas la sentimos con intensidad o de forma permanente, todavía se nos complica más cuando la perseguimos no en el lugar adecuado ni de la forma correcta, sino dejándonos llevar por quienes pretenden manipular nuestras necesidades y deseos según su propia conveniencia.


Si no tomamos conciencia de esta realidad y nos enfrentamos a ella con nuestros mejores recursos, es muy probable que al paso de los años descubramos que nos han manipulado y utilizado a través de todo cuanto nos rodea. Porque la televisión, la radio, la prensa, la economía, la política, el ocio, la diversión, la moda, etc. necesita del dinero para seguir manteniéndose y quien quiere vender sus productos para ganar dinero, no suele hacer planteamientos filosóficos o éticos para cuestionarse si lo que quiere vender va en la línea o no de aportar felicidad verdadera al ser humano. Simplemente quiere obtener ingresos para seguir satisfaciendo sus necesidades y deseos (que piensa que le aportarán su felicidad tan anhelada), sin plantearse otras cuestiones como, por ejemplo, si con eso está ayudando a la felicidad de los demás.


Lo peor de toda esta situación es que se está promoviendo un modelo de persona en nuestra sociedad donde los valores que se ensalzan no son los que precisamente nos acercarán a la verdadera felicidad, sino que más bien nos apartarán de ella. Y eso solemos descubrirlo hacia el final de nuestra existencia humana, donde nos damos cuenta de que nos han estado engañando y de que hemos vivido como en “matrix”. Lo peor es que cuando eso empieza a ocurrir, solemos sentirnos casi incapaces de cambiarlo, resignándonos en la mayoría de los casos a terminar nuestros días como lo hemos ido haciendo o indignándonos hasta el punto de que acabamos por enfermar o morir por las secuelas de la vida que hemos llevado o por el propio malhumor que nos genera la indignación, la rabia  y la impotencia.
Pero ante todo esto podemos decir “basta”. Porque la única y verdadera revolución es la que parte de cada ser humano, de la toma de conciencia individual que, sumada a la de un grupo mayor, es capaz de generar cambios. Empecemos por nosotros mismos. Os propongo que lo hagáis con pequeños cambios, pero en la dirección que vuestro yo interior, vuestra voz escondida en lo más profundo de vuestro ser os dice que debéis ya de una vez por todas empezar a hacer. No retraséis por más tiempo el comienzo, porque puede que un día sintáis que es demasiado tarde. Pero si os llega ese momento, siempre podréis empezar a cambiar vuestra actitud mental ante las circunstancias adversas que se os presenten, pues éste es el primer y más importante recurso con el que contamos para iniciar cualquier proceso de cambio. Porque todo empieza y termina en nuestra mente. Como iremos viendo en posteriores artículos.


Tomás Contell.

LA FELICIDAD SE CONSTRUYE COMO LO HACEN LAS ARAÑAS (I)

Me encanta la foto que mi amigo Xavier Socha hizo en su día a esta preciosa araña con su telaraña. Y, como os podéis imaginar, vinieron a mi mente cantidad de sensaciones e ideas relacionadas con la misma. Porque al verla, empecé a imaginarme todo lo que ella puede representar en nuestras vidas si somos capaces de hacer las lecturas adecuadas. 
 
Como todo en la vida podemos verlo desde diferentes posiciones perceptuales, o dicho en otros términos: podemos ver la imagen desde la posición de la araña que ha tejido su delicada pero mortífera trampa; o verla desde la posición de quien, no tomando conciencia de la misma y de su existencia, va a ser el objetivo de la trampa; o desde una tercera posición, la del observador,  desde la cual podemos analizar toda esta situación viendo cuanto ocurre, tomando nota del proceso y sacando nuestra propias conclusiones al respecto.
 
Os invito a que me sigáis en las diferentes posiciones perceptuales y que saquemos nuestras conclusiones para nuestra vida y la felicidad.
 
En el primer caso, desde el punto de vista de la araña, es de reconocer el laborioso trabajo que realiza, tomándose todo el tiempo necesario, para elaborar meticulosamente todo lo que va a significar la puesta en marcha de su escenario vivencial, porque le va en ello lograr el objetivo que tanto anhela para su subsistencia: el alimento. 
 
Es de admirar la dedicación que toma para preparar todo lo necesario, invirtiendo tiempo, esfuerzo y energía, de una forma premeditada, estudiada, detallada en cada uno de los pasos del proceso de construcción de su trampa para que todo esté en perfectas condiciones y nada falle en el momento justo. Y lo hace con la fe y la convicción de que obtendrá su resultado. 
 
Cuántas veces hemos visto que la telaraña se rompe por el viento, o algo la destruye sin conseguir su objetivo. Pero, de una forma pertinaz, obstinada y obsesiva, vuelve a construirla de nuevo sin dejar de perder un minuto para que las oportunidades de obtener su preciada presa no se le escapen.
 
Si aplicáramos en nuestra vida actitudes similares seguro que las cosas nos irían mucho mejor. Primero porque cuando queremos alcanzar algún objetivo en nuestra vida que consideramos que es de vital importancia para nosotros, no solemos poner tanta planificación, tanta organización, diseño de todo lo necesario para lograrlo sin dejar los más mínimos detalles a la improvisación, ni tanto empeño, constancia y hasta obstinación en lo que deseamos intensamente. Porque esas cualidades que he mencionado son las que necesitamos en momentos de nuestra vida en los que debemos construir la estructura de nuestro sueño o deseo para poder alcanzarlo sin la más mínima duda.
 
Y, ¿qué pasa si las circunstancias imprevistas destruyen la telaraña que tan laboriosamente hemos construido? ¿Qué pasa si el viento, la lluvia, u otro animal mucho más grande destruyen todo lo que la araña había hecho? ¿Qué pasa en nuestro caso si el entorno turbulento como el que hemos vivido y seguimos viviendo acaban con nuestro sueño? ¿Hacemos como la araña que sin pérdida de tiempo vuelve a construir otra telaraña? ¿O, cuando se nos ha roto la estructura que habíamos construido para vivir nuestra vida entorno a la seguridad que nos daba saber que todo lo teníamos “atado” y dispuesto para disfrutar de lo conseguido nos hundimos sin fuerzas para empezar de nuevo?
 
Siempre hay circunstancias que no controlamos, por mucho que nos empeñemos en ello. Pero siempre podemos controlar nuestra energía y nuestros pensamientos para poder empezar de nuevo, aunque nos cueste muchísimo, y volver a construir cuanto necesitamos para recuperar nuestra sensación de control y nuestra estabilidad en la vida. 
 
Si nos resulta pesado intentarlo de nuevo, imaginemos que somos como arañas que si no volvemos a construir nuestra “estructura” de vida, nos perderemos montones de oportunidades e, incluso, la vida misma con todo lo que ella nos pueda volver a ofrecer, que siempre serán sorpresas que vale la pena descubrir.
 
Hablaremos de las otras posiciones perceptuales en los siguientes artículos. 
 

Tomás Contell  

¿POR QUÉ HABLAMOS DE FELICIDAD?

 
Este primer artículo, con el que quiero empezar lo que espero sea una larga e interminable secuencia de otros muchos artículos sobre el tema de la felicidad, quiero dedicarlo precisamente al hecho de justificar por qué he elegido este tema que me va a ocupar los próximos años y, espero, el resto de mi vida. Y es así porque asumo plenamente las palabras del filósofo Aristóteles cuando declaró ante el mundo: “La felicidad constituye el significado y el propósito de la vida, el único objetivo y fin de la existencia humana”.
Y esta es la razón más importante que me ha llevado a ocuparme de ella después de tantos avatares en mi vida en los que, sin saberlo, era a ella a la que estaba buscando, pero sin tomar conciencia plena de ese hecho, sin saber bien cómo y dónde buscarla y, por supuesto, sin aprender la forma de disfrutarla y mantenerla conmigo para siempre.
El hecho es que, aún siendo tan importante la felicidad, es muy difícil atraparla y, aún más, hacer que permanezca con nosotros todo el tiempo hasta el final de nuestros días. Pero, a pesar de eso, la sociedad en la que vivimos se permite aconsejarnos continuamente acerca de dónde y de qué forma podemos encontrarla. A través de los medios de comunicación y de cualquier soporte publicitario que veamos, se nos está continuamente “enfocando” hacia una forma de ver y entender la vida, y por tanto la felicidad, basada en la satisfacción de necesidades y deseos que, en la mayoría de los casos, ni son necesidades como tales y, si son deseos que realmente tenemos, no nos paramos a pensar si realmente son nuestros o han sido “inducidos” o introducidos en nuestra mente sin que hayamos tomado conciencia de ese hecho. Si ya es difícil alcanzar la felicidad porque se nos hace esquiva por momentos y apenas la sentimos con intensidad o de forma permanente, todavía se nos complica más cuando la perseguimos no en el lugar adecuado ni de la forma correcta, sino dejándonos llevar por quienes pretenden manipular nuestras necesidades y deseos según su propia conveniencia.
Si no tomamos conciencia de esta realidad y nos enfrentamos a ella con nuestros mejores recursos, es muy probable que al paso de los años descubramos que nos han manipulado y utilizado a través de todo cuanto nos rodea. Porque la televisión, la radio, la prensa, la economía, la política, el ocio, la diversión, la moda, etc. necesita del dinero para seguir manteniéndose y quien quiere vender sus productos para ganar dinero, no suele hacer planteamientos filosóficos o éticos para cuestionarse si lo que quiere vender va en la línea o no de aportar felicidad verdadera al ser humano. Simplemente quiere obtener ingresos para seguir satisfaciendo sus necesidades y deseos (que piensa que le aportarán su felicidad tan anhelada), sin plantearse otras cuestiones como, por ejemplo, si con eso está ayudando a la felicidad de los demás.
Lo peor de toda esta situación es que se está promoviendo un modelo de persona en nuestra sociedad donde los valores que se ensalzan no son los que precisamente nos acercarán a la verdadera felicidad, sino que más bien nos apartarán de ella. Y eso solemos descubrirlo hacia el final de nuestra existencia humana, donde nos damos cuenta de que nos han estado engañando y de que hemos vivido como en “matrix”. Lo peor es que cuando eso empieza a ocurrir, solemos sentirnos casi incapaces de cambiarlo, resignándonos en la mayoría de los casos a terminar nuestros días como lo hemos ido haciendo o indignándonos hasta el punto de que acabamos por enfermar o morir por las secuelas de la vida que hemos llevado o por el propio malhumor que nos genera la indignación, la rabia  y la impotencia.
Pero ante todo esto podemos decir “basta”. Porque la única y verdadera revolución es la que parte de cada ser humano, de la toma de conciencia individual que, sumada a la de un grupo mayor, es capaz de generar cambios. Empecemos por nosotros mismos. Os propongo que lo hagáis con pequeños cambios, pero en la dirección que vuestro yo interior, vuestra voz escondida en lo más profundo de vuestro ser os dice que debéis ya de una vez por todas empezar a hacer. No retraséis por más tiempo el comienzo, porque puede que un día sintáis que es demasiado tarde. Pero si os llega ese momento, siempre podréis empezar a cambiar vuestra actitud mental ante las circunstancias adversas que se os presenten, pues éste es el primer y más importante recurso con el que contamos para iniciar cualquier proceso de cambio. Porque todo empieza y termina en nuestra mente. Como iremos viendo en posteriores artículos.
 
Tomás Contell.
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